*Magister en Maestría en Administación Pública de la Universidad de Nueva York experto en desarrollo sostenible.

Si hiciéramos una abstracción para comprender la sostenibilidad del planeta Tierra como un sistema único, llegaríamos a dos conclusiones. La primera, los elementos y procesos naturales que han permitido la civilización humana – como el clima, los océanos, los bosques y selvas, la biodiversidad y el agua - están en un punto de inflexión con consecuencias irreversibles. La segunda,  las actividades asociadas a los sistemas económicos  – transporte, la agricultura, la ganadería,  la industria, la generación de energía -  actúan como el mayor eje transformador de esos elementos naturales.

Adicionalmente, en los próximos 30 años, la civilización humana seguirá en proceso de expansión. Según Naciones Unidas, para el 2050 la población mundial alcanzará el número de 9.000 millones de personas. Con el aumento de la población, nuestra demanda agregada por alimentos, energía y agua también aumentará y por lo tanto nuestra presión sobre el planeta. Adicionalmente, pasaremos de un 50% a un 66% de la  población concentrada en centros urbanos lo que conllevará un aumento de infraestructura urbana a escala global,  vivienda, transporte, espacios, servicios y dotaciones  públicas. En otras palabras, el camino a la sostenibilidad no puede estar enfocado en modelos restrictivos.

Si el planeta necesita que reduzcamos nuestro impacto, al mismo tiempo que la población global demandará  más bienes y servicios y no hay que olvidar la deuda que tenemos con las poblaciones en situación de pobreza que necesitan alcanzar estándares básicos de vida, el reto consiste en encontrar soluciones que aborden ambos problemas al mismo tiempo. En palabras de la sabiduría popular: hacer más con menos.

La cruda realidad es que no existen atajos o recetas mágicas para enfrentar el desafío de construir sociedades sostenibles e incluyentes. Cada una de las soluciones a implementar requerirá de un delicado y complejo balance entre el diseño de políticas públicas acertadas, la participación del sector privado, los desarrollos tecnológicos que habiliten nuevos procesos, un sistema financiero que capture el valor de activos “verdes” y  el compromiso y liderazgo de los tomadores de decisiones.

Sin embargo, hay un punto de entrada que con frecuencia se subestima. La influencia que tienen las decisiones colectivas de los ciudadanos, especialmente sus preferencias de consumo. En teoría económica un principio ampliamente aceptado es que la oferta se adaptará a la demanda. Nuevas decisiones de consumo, forzarán nuevos servicios y productos. Cambios en nuestras preferencias, tienen el potencial de generar un efecto multiplicador en la estructura económica. Entre mayores personas asuman el compromiso de adaptar modelos de vida más sostenibles con una huella de carbono menor, más emprendedores se arriesgarán a crear servicios y productos con este valor agregado. Asimismo, esas preferencias cuando adquieren una plataforma ideológica también influirán en el diseño de la política pública.

Lo más interesante de esta relación entre demanda y oferta es que la relación inversa también tiene un potencial transformador. Los ciudadanos eligen dentro de las opciones disponibles. El tipo de transporte que tomo en la mañana, los productos de limpieza que compro en el supermercado, el vestuario que llevo, no solo depende de mis preferencias sino también en la disponibilidad de los mismos. Es una relación interdependiente. Refino mis preferencias de acuerdo con lo que el mercado me ofrece.

Si todos nos despertáramos mañana con la idea de ser más amigables con el planeta y reducir nuestra huella de carbono ¿por dónde empezaríamos?. Por ejemplo, si quisiéramos hacer un mercado más sostenible: ¿cómo saber que las mandarinas o la papaya que me voy a comer no ha recibido fertilizantes químicos? ¿por qué una manzana criolla representa una mejor decisión que una chilena? ¿qué jabón o champú debería comprar que no contamine los ríos y a sus vez los océanos? ¿realmente tenemos las opciones suficientes para escoger los alimentos que han sido cultivados o producidos más sosteniblemente? ¿existen las etiquetas que nos den la información? ¿necesitamos algún tipo de incentivo monetario para decidir por productos más amigables con el medioambiente?. Usualmente el precio de los productos no nos indica su huella ambiental. Por eso es más barato comprar maíz producido en Estados Unidos que en Colombia.

En la medida que tengamos mayor información y opciones de consumo responsable más fácil y natural será nuestro paso a prácticas y costumbres sostenibles. En Colombia, tenemos un buen camino recorrido en nuestro entendimiento y visión sobre el rol del medio ambiente como base del desarrollo pero aún nos faltan opciones en nuestra cotidianidad para elegir alternativas más sostenibles.

 

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