*Abogada y periodista.

¿Usted es de las que creen en el cambio climático?- le preguntaron a una amiga que pasaba por inmigración en el aeropuerto de Houston, tan pronto se enteraron de que trabajaba para el sector ambiental.

–Sí– respondió tímidamente. 

El funcionario la miró incrédulo.

-¡Pero si eso es una mentira! El presidente Trump no cree en el cambio climático.

Ella guardó silencio mientras le sellaban el pasaporte.

Según una encuesta realizada por Pew Research Center en 2016, 31 por ciento de los adultos en Estados Unidos no cree que el hombre esté causando el cambio climático y el 20 por ciento cree que ni siquiera hay evidencia suficiente para probar la existencia de este fenómeno. Algo similar sucede en todos los países del mundo.

Yo misma he tenido discusiones en las que mi interlocutor pide que respete su opinión sobre el cambio climático. Esto parece incomprensible cuando el 97 por ciento de la comunidad científica global afirma que la influencia de las actividades humanas en la alteración del sistema climático global es irrefutable.

La gran mayoría de escépticos no tienen una opinión científica para desacreditar la evidencia. Simplemente no creen por desconocimiento, confusión, miedo, desinterés, indiferencia o ingenuidad. No los culpo. No es fácil dimensionar que la vida tal como la conocemos en la Tierra podría cambiar radicalmente en cuestión de décadas. El cambio climático sigue siendo un tema complejo, y los que nos dedicamos a difundirlo muchas veces fracasamos en el intento. ¿Por qué?

Hay varias razones. Hablamos en un lenguaje complejo y sofisticado que puede resultar excluyente. Mitigación, adaptación, resiliencia, efecto invernadero, acidificación, presupuesto de carbono: son conceptos que usamos con naturalidad, pero que fuera del nicho ambientalista, pocos entienden. Nos hemos plagado de siglas -IPCC, CMNUCC, COP– que a duras penas podemos pronunciar. 

Nos apegamos a cifras que para muchos no dicen nada. La referencia a los 2°C lo ejemplifica perfectamente. En el Acuerdo de París, los países se comprometieron a mantener el aumento de la temperatura global promedio muy por debajo de los 2°C. Por eso, este número se ha acuñado en medios como la línea roja entre un futuro seguro y aquel con consecuencias graves e impredecibles.

Sin embargo, pocas veces explicamos cómo, con ese aumento de temperatura, desaparecerían los páramos, que proveen de agua al 70 por ciento de los colombianos; se derretirían los seis nevados que aún quedan en el país y se perderían los corales del Caribe que nos proveen de alimento. Es clave evidenciar los impactos y atarlos a un contexto local para que las personas se involucren. Si esto no se hace, 2°C parece un dato insignificante. Al fin de cuentas, suena como si su mayor consecuencia fuera un cambio de vestuario, por ejemplo, ropa más ligera en Bogotá.

Otro desafío es no caer en el alarmismo. Lo confieso, es muy difícil. Sobre todo porque a medida que leemos y estudiamos sobre cambio climático, muchos nos convencemos de que es la mayor amenaza del siglo. Pero dar ese mensaje es contraproducente.

Los lectores se alejan con mensajes apocalípticos. Por un lado, parecen exageraciones  de un grupo activista predicando el fin del mundo. Por otro, dejan al lector en un estado de impotencia. Si ya no hay nada que hacer, ¿para qué preocuparse? Mejor disfrutar la fiesta mientras dura.

Muchos ciudadanos quieren empoderarse como actores de cambio, quieren sentir que el cambio climático es reversible. Y lo es. Por eso, tenemos que reevaluar nuestra forma de comunicar y contar historias, para que generen un vínculo y comprometan a las personas. Si el presidente Donald Trump fuera consciente del enorme riesgo financiero que significa para su emporio salirse del Acuerdo de París,  jamás lo hubiera hecho. Pero Trump, con la terquedad incrustada por 70 años, es un caso perdido. Afortunadamente, o al menos eso quiero pensar, muchos de los escépticos no lo son. 

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