*Presidente del Grupo Sura.

Siempre he considerado que las fundaciones empresariales cumplen un papel fundamental dentro de la concepción de responsabilidad y sostenibilidad corporativa, entendiendo que esta última implica una mirada más amplia e integral que incluye además las buenas prácticas en los negocios y diversas formas de proyectar la organización en la sociedad.

En un país con altos niveles de inequidad y con tantos frentes en los que urge avanzar hacia un mayor desarrollo, es imperativo unir esfuerzos intersectoriales alrededor de esos asuntos que determinan la calidad de vida y la competitividad. Precisamente esa participación activa que se requiere de las empresas en dinámicas que trasciendan sus intereses comerciales, encuentra en las fundaciones un mecanismo claro y efectivo de sinergia institucional.

Existen, sin embargo, muchas maneras de concebir y dar sentido a la existencia de este tipo de entidades, más allá de las buenas intenciones filantrópicas que puedan tener. Para muchos, por ejemplo, las fundaciones son instrumentos que contribuyen, sobre todo, al posicionamiento de la imagen o reputación de una organización. Si bien bajo este enfoque dicen tener éxito, no hay duda de que esta es la mejor forma de limitar y desvirtuar su verdadero potencial de contribuir a la transformación social, ya que los criterios que determinan sus acciones e inversiones, responden a intereses muy distintos a aquellos que dicen servir.

Creo además que bajo esta perspectiva se subvalora la inteligencia de los públicos, pues sabemos que la reputación de una compañía será el resultado de la forma como esta gestione sus negocios, como se relacione, actúe y decida en el día a día, y no será con donaciones o contribuciones a diversas causas, por muy loables que estas sean, como logrará construir confianza a largo plazo con sus grupos de interés.

Una concepción moderna de la responsabilidad corporativa nos indica que las fundaciones empresariales son una excelente forma de canalizar ese potencial que tiene el sector privado de incidir en forma positiva en el desarrollo de los países, más allá de la generación de empleo, el pago de obligaciones tributarias, y la producción y contratación de bienes y servicios. Su preocupación no debe ser la de asumir protagonismos ni ganar créditos para ellas o para las empresas que representan. Se trata más bien de entender que la generación de riqueza pasa por ubicarse en los contextos y ser parte de su transformación, aprovechando su capacidad de movilizar recursos, voluntades, conocimientos y acciones frente a aquellos asuntos que son relevantes para la sostenibilidad. Es decir, propósitos superiores a los intereses inmediatos del negocio, pero que al mismo tiempo contribuyen al desarrollo social y a un entorno competitivo que permita que las empresas tengan vigencia en el largo plazo.

Esta clara diferencia con las funciones propias del negocio, otorga además a las fundaciones mayor transparencia e independencia frente a los intereses comerciales. Y hablando de transparencia, un asunto que no es menor es la mayor exigencia que hoy deben tener estas entidades en la implementación de prácticas propias del buen gobierno, donde su sistema de reportes y de rendición de cuentas debe ser tan riguroso como el que se aplica a otras áreas de las empresas. La evaluación permanente de su gestión, de sus planes y resultados, debería capturar la misma atención que tienen hoy las organizaciones en el desarrollo mismo de los negocios.

Finalmente, frente a la gestión de las fundaciones empresariales, quiero señalar un aspecto que considero de la mayor relevancia para asegurar su efectividad: me refiero a la necesidad de que estas entidades respondan a un proyecto claro sobre la forma como la empresa quiere proyectarse en la sociedad. Son múltiples las opciones de participación en iniciativas viables y trascendentales, que van desde la nutrición infantil hasta la educación, pasando por la atención de adultos mayores, el emprendimiento y el cuidado ambiental, en fin, lo importante, para que haya mayores sinergias, eficiencias e impactos positivos en los propósitos de transformación, es que exista un enfoque claro en su intervención y en la manera como la empresa quiere trascender socialmente, aportando sus recursos y capacidades. 

Las fundaciones empresariales son pues importantes en la medida en que canalizan los aportes de las empresas a proyectos con impacto social y han cobrado especial relevancia en nuestro país porque han ido generando conocimientos y se han convertido en interlocutoras legítimas frente a las grandes apuestas de desarrollo. Hoy son actores clave en el ámbito regional y nacional, y nuestra tarea es seguirlas fortaleciendo, incentivando incluso el trabajo en red entre ellas para fortalecer sinergias, multiplicar sus capacidades y generar mayor impacto. Son, en todo caso, un instrumento esencial de la ciudadanía corporativa.

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