*Antropólogo

Anoche, luego de 4 años de arduas negociaciones, finalmente el Gobierno y las Farc firmaron un acuerdo para ponerle fin a una guerra de 52 años. Más de 200.000 muertos y 6 millones de desplazados después, a través del diálogo se formuló un documento que les permite a ambos bandos callar el sonido ensordecedor del plomo y pensar, tal vez por primera vez desde Marquetalia, en un futuro sin la arcaica y caduca formula de “combinación de todas las formas de lucha”.

De nuevo, la desinformación ha sido reinante. Desde antes de este emocionante anuncio, las campañas por el Sí y por el No han hecho afirmaciones a medias. El No ha sido el que más empeño le ha puesto a brindar información falsa y tendenciosa consciente de lo útil que esto resulta para sus intenciones.  La audiencia perezosa se queda con el titular y sin aplicarle el mínimo análisis o la mínima crítica acepta como verdad tallada en piedra esa primera impresión, la más fácil, la más simple, repitiéndola como loros autómatas, como el que reza sin ponerle mayor atención a lo que dice, sin imprimirle sentido a sus palabras.

Se repite, por ejemplo, la supuesta entrega del país a ese grupo guerrillero. ¿Qué quieren decir con eso? ¿Entregar el país? ¿Realmente creen que un Santos, hijo y nieto de Santos va a entregar, así como así, el poder codiciado y poseído por su familia durante buena parte de nuestra historia republicana y hasta la actualidad? No, amigo del no. En La Habana jamás se negoció el modelo de Gobierno y la precaria democracia con la que se sustenta, así que esto no es una simple capitulación y menos una “entrega” del país al grupo dirigido por Timoleón Jimenez.

Otro de los argumentos que se esgrime con frecuencia es el de la impunidad que acompañaría a esa paz, nombrándola como la paz de Santos, como si los muertos hubieran sido de ese apellido y no de todos. A La Habana no llegó un ejército guerrillero derrotado sino en armas, dicho sea de paso, gracias a la incapacidad como gobernante del principal defensor del No para cumplir con la promesa con la que se mantuvo en el poder durante ocho años (y por la que quiso quedarse por cuatro más): la de acabar con “Lafar” a bala.

Este ejército, con fuertes estructuras a lo largo y ancho del país, no se iba a sentar a negociar su entrada a la cárcel, pero reconocieron en buena hora los desaciertos y crímenes que perpetraron en su lucha y están dispuestos a comparecer frente a un tribunal. La Justicia, como la definió Domicio Ulpiano es “la voluntad constante y perpetua de darle a cada uno lo que le corresponde" y la cárcel, aunque se nieguen a creerlo, no es la única manera posible para que los criminales paguen por sus acciones.

Por eso se ha propuesto una justicia sobre todo retributiva, que asegura, amparada en el estatuto de Roma y de cara a la comunidad internacional, que además va a funcionar como una veeduría a lo que se viene, que quienes cometieron crímenes no van a salir impunes, van a pagar una condena con una restricción de su libertad y van a contar toda la verdad para que el país sepa qué sucedió y pueda así, finalmente, cerrar ese capítulo.

Esto sólo por mencionar algunos de los argumentos, dejando por fuera otros que serían cómicos si no resultaran tristemente convincentes para esa audiencia perezosa y adicta al facilismo. Argumentos del tipo de un supuesto sueldo que rondaba los dos millones o que iban a escoger a sus propios jueces, ambos tan falsos como vendedores. Al final, el escenario que se presentaría si llegara a ganar el No es incierto. Lo que sí es cierto es que el mismo presidente ha afirmado que si eso pasara, al otro día el Gobierno se levantaría de la Mesa y las Farc tendrían que regresar al monte, el espacio de renegociación sería mínimo, sobre todo porque la entrada a la cárcel está por fuera de la discusión.

Rara vez un gobierno en ejercicio brinda la posibilidad al pueblo de ser él en su conjunto y no a través de sus representantes quien decida su propio destino. Y esta vez somos nosotros quienes debemos decidir. Estamos frente a una oportunidad histórica para cerrar el nefasto ciclo de muerte y empezar a construir una paz que significa mucho más que el fin de la guerra con las Farc. Pero este acuerdo es el punto de inicio de ese largo camino que debemos transitar. Por eso a nosotros, los ciudadanos, esta vez nos ponen dos tareas: la primera, la más aburridora para un país donde la revista más leída es TV y Novelas y donde la desinformación es el remedio preferido para la pereza, es precisamente leerse el ladrillazo de 297 páginas de los acuerdos finales, link que adjunto al final de estas palabras. La segunda ir a las urnas el 2 de octubre para decidir si aceptamos o no, un acuerdo imperfecto para acabar con una guerra de más de cinco décadas. Yo desde esta orilla, espero de corazón que sí.

Vea el documento completo de los acuerdo en este enlace.

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