*Antropólogo

El 4 de Agosto del 2014, Sergio Urrego decidió acabar con su vida lanzándose al vacío desde la terraza de un concurrido centro comercial en Bogotá. Según la Organización Mundial de la Salud, para cuando usted termine de leer estas líneas, en el mundo se habrán suicidado unas 5 personas, puesto que cada 40 segundos, en algún lugar del globo, una persona tiene un último y fugaz pensamiento y acto seguido se mata. La decisión de Sergio fue noticia porque fue impulsada, como luego lo determinó la justicia, por el matoneo incesante del que fue víctima por parte de las directivas y profesores del colegio en el que trataba de educarse.

La causa del matoneo no fue otra que su orientación sexual. El infierno por el que pasó desde que se descubrieron imágenes íntimas de él y su pareja, hasta estar frente al vacío mientras se despedía por Whatsapp de sus amigos más cercanos, lo llevó a ser internado en una ocasión en la Clínica Country por una crisis nerviosa y fue el que terminó por darle el empujón desde la cornisa. Precisamente para prevenir casos tan tristes como estos y como resultado de todo el nefasto suceso, la Corte Constitucional ordenó al Ministerio de Educación Nacional, a través de la sentencia T478 del 2015, a revisar de manera “extensiva e integral todos los manuales de convivencia en el país, para determinar que los mismos sean respetuosos de la orientación sexual y la identidad de género de los estudiantes y para que incorporen nuevas formas y alternativas para incentivar y fortalecer la convivencia escolar”.

Acatando la orden de la sentencia, el Ministerio venía trabajando en una cartilla para dar respuesta al requerimiento. La cartilla, de título: “Ambientes Escolares Libres de Discriminación”, fue elaborada a varias manos por profesionales del Ministerio, del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y contenía afirmaciones que, en un país parroquial y camandulero como el nuestro, inevitablemente iban a resultar polémicas.

Afirmaciones como que el sexo hace referencia a las “características de orden biológico que diferencian unos cuerpos de otros”, mientras que el género se entiende como “el conjunto de construcciones socioculturales que determinan las formas de ser hombres o mujeres en un tiempo y una cultura específica”, a pesar de ser certeras y aceptadas por la comunidad científica desde hace años, resultaron escandalosas para un sector de la ultraderecha religiosa (y política), educada para comprender sólo una realidad: aquella según la cual solo existen hombres y mujeres cuyo objetivo principal es la procreación.           

La cartilla filtrada sin aprobación final del Ministerio, según declaraciones de esta entidad, causó revuelo pero, sobre todo, una pobre, mediocre y mala interpretación. De inmediato las redes sociales, nuevos tribunales modernos en los que cualquier imbécil puede ser juez y verdugo, se llenaron de comentarios abiertamente homofóbicos y de argumentos tan disparatados como que esa cartilla ponía en peligro el futuro de nuestra especie y de la familia como unidad social básica. Estos argumentos iban acompañados de, por ejemplo, imágenes de alto contenido erótico homosexual, que resultaron siendo de un cómic belga que se puede comprar por Amazon y que los indignados mostraron como pruebas de la inmoralidad de la propuesta del Ministerio, algunos aun sabiendo de su falsedad.

El escándalo se regó como pólvora y no faltaron las voces que clamaron por un poquito de moralidad. Preocupados, estos indignados se dieron golpes de pecho y fustigaron a la opinión pública para emprender una cruzada para proteger a nuestros niños. Tan bellos, tan correctos, tan buenos ciudadanos, con esa preocupación tan justa, se dieron a  la noble y heróica tarea de convocar a una marcha para salvaguardar el futuro heterosexual, el único correcto, para sus niños. Desconozco si tuvo o no éxito, pero por lo menos convocatoria hubo, cuando no la hubo nunca por los niños muertos en la Guajira, o por los cientos de chicos que en este momento, duermen en la calle arrullados por el olor del bazuco y el pegante. Pendejadas al lado del horror de un futuro homosexual.

Uno de estos personajes logró hacer sobresalir su voz entre la maraña de contenido que se generó y llegó a afirmar que no entendía por qué, siendo un país mayoritariamente católico se declaraba laico, o por qué, peor aún, siendo mayoritariamente heterosexual, se pretendía imponer una doctrina homosexual. Lo tristemente gracioso no es solo la ignorante soberbia de sus palabras, que desconocen los avances de los últimos 200 años en el desarrollo de la idea de un Estado de derecho, o las luchas por el respeto de las minorías, o que ignorara la intención última de la cartilla, que no era imponer sino precisamente enseñar a respetar al otro. Lo tristemente gracioso son las miles de reproducciones y ver el video compartido una y otra vez por gentes que algo de razón encontraban en las palabras de ese sujeto.

Bien lo dijo Umberto Eco: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles"

Lo que queda al final no es más sino la grotesca evidencia de que lo único que despierta la indignación de una población aletargada y fácilmente manipulable son las palabras incendiarias del idiota de turno y tocar las fibras de sus propios prejuicios. La desinformación como estrategia de oposición, además de restarle altura a un debate que se debe dar, encontró un caldo de cultivo perfecto: una audiencia perezosa que prefiere repetir sin el menor análisis las afirmaciones tan tontas como provocadoras que pululan en las redes sociales y que terminan por descubrir a una buena parte de la sociedad, odiosa y temerosa de la diferencia.

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