*Profesor e investigador, facultad de administración, Universidad de los Andes.

Ya casi es una realidad. El plebiscito para refrendar los acuerdos de paz seguramente tendrá lugar en los próximos meses. Es inevitable referirse al tema. El sí o el no al acuerdo con las FARC tendrá consecuencias en la sostenibilidad económica, social y ambiental de Colombia desde muchos puntos de vista, y la ambigüedad en estas consecuencias es muy alta.

Más allá de defender una de las posiciones quiero desde este espacio llamar a la responsabilidad de cada individuo frente a la decisión. Debemos como electores ejercer nuestra libertad y actuar frente a las estrategias de persuasión de las campañas. Debemos también tener en cuenta la historia. Por ejemplo, el Brexit deja una lección muy importante para nosotros, una lección de lo que puede ocurrir cuando algo muy complejo se sobresimplifica, utilizando la pereza, la ignorancia, la visceralidad y los prejuicios de los electores. Muchos británicos votaron sin saber si quiera lo que es la Unión Europea.

La simplificación no es el mecanismo del plebiscito, la simplificación es reducir a un término, concepto o una idea única, asuntos que tomó años negociar, alcanzando frágiles equilibrios en el acercamiento de posiciones muy contradictorias. Debemos ser sinceros frente a nuestra propia ignorancia y nuestros prejuicios para así poder ser libres frente a una decisión tan importante. Empiezo con la primera y la más obvia de las preguntas. ¿Usted ya empezó a leer los textos que ha publicado la Alta consejería para la paz? ¿Ya tiene su voto decidido a pesar de no haber leído? ¿Si ya leyó, entendió? ¿Tiene una posición informada frente la mayoría de temas? Ojalá que no esperemos a que nos hagan pedagogía, sino que vorazmente busquemos la información en las fuentes que pongan a nuestra disposición.

Mejor leer, porque en los medios habrá por ejemplo muchos mensajes que usen la “teoría de la gerencia del terror”, un mecanismo de persuasión ampliamente estudiado que busca despertar en las personas los miedos más grandes, empezando por la muerte misma. El miedo en las mayorías puede ser más fuerte que la esperanza a la hora de motivar decisiones. Se utilizarán palabras claves que despiertan reacciones emocionales más fuertes en la gente, como “guerra” o “impunidad”, y se evitaran otras, que, aunque mejores para describir la realidad, no se entienden y no tienen carga emocional.

Se apelará también a nuestros prejuicios a través de otros mecanismos que nos llevan a creer lo que confirma lo que ya pensábamos (sea cierto o no) y a descartar la información que lo contradiga, es decir, muchos solo van a leer y oír a aquellos que estén de acuerdo con lo que ya pensaban. ¿Cuántos se van a atrever a leer una columna que defienda la posición contraria? ¿A tratar de entender los argumentos del otro? Y hablando del otro, cuando decidamos nuestro voto hay que pensar en lo que implica para otras regiones, sectores y personas. ¿Quién pelea las guerras? ¿Quién es el que arriesga su vida? También nos van a bombardear con la personalización del debate, a mostrar el plebiscito como si fuera otra ronda de Uribe contra Santos. Esto también alimenta la sobrecarga emocional. Cuando se enmarcan las controversias en términos de individuos entonces se facilita la personificación del debate y se despiertan los hinchas de uno y otro. Se exacerban las adoraciones y las idolatrías. Y de eso no se trata. Estos dos políticos, tan falibles como cualquier otro ser humano, serán historia cuando en unos años hagamos el balance de lo que pasó.

Por esto, cuando vayamos a decidir y votar si estamos o no de acuerdo con lo pactado, fijémonos si nos hemos dejado manipular a través de nuestros miedos y nuestros odios, si estamos yendo a refrendar quien nos cae mejor, y sobre todo fijémonos si entendimos objetivamente, lo mejor posible, lo que se pactó.  Si no lo hacemos somos marionetas electorales que renuncian a su libertad básica de expresión democrática.

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