| 2017/07/10

A decir verdad

La asepsia con la que las empresas buscan hablar de sus procesos e incluso de sus productos resulta contraproducente. Ser honestos no implica afectar de entrada la reputación.

A decir verdad

La capacidad de los ciudadanos de comunicarse y compartir información rápidamente ha incrementado la importancia que las empresas otorgan a su reputación. Sobran los casos en que los aspectos sociales o ambientales de operación de una empresa han amenazado su existencia, o por lo menos su rentabilidad.

No es un misterio que las compañías buscan que los mercados y los consumidores confíen en sus marcas y sus productos. Para muchos, esa confianza tiene como punto de partida la pulcritud y la ausencia de cuestionamiento. En eso, caen en un error. 

Las corporaciones son un fenómeno relativamente nuevo. La experiencia humana se ha construido más bien a partir de dos factores esenciales: las historias y la interacción entre las personas. Las historias, parte esencial de nuestro proceso de aprendizaje desde niños, nacen de procesos de desarrollo y transformación. Una fábula, una leyenda o un cuento resultan perfectamente olvidables y carentes de sentido si se tratan de cómo todo era perfecto, siguió siendo perfecto y acabó por ser perfecto. El final feliz requiere de retos a ser superados, adversidades por ser conquistadas, dragones por ser derrotados.

Lo mismo sucede con las personas. Algo resulta repelente de quien hace alarde de su perfección. Lo interesante, lo que nos permite relacionarnos con alguien es su proceso de crecimiento y aprendizaje. La superación, fracasos incluidos, nos hace humanos e interesantes.

La realidad de cualquier organización siempre tiene altos y bajos, puntos de crisis que llevan a mejoras y reinvenciones. Si se cuenta el resultado pero no la causa, el triunfo pero no el obstáculo, se desaprovecha la oportunidad de ser creíbles.

La asepsia con la cual el mundo corporativo busca hablar de sus procesos e incluso de sus productos resulta contraproducente. Ser honestos sobre los retos no implica afectar de entrada la reputación; decir la verdad es la mejor forma de construir confianza.

En el periodismo impreso, por ejemplo, el uso de recursos naturales es relativamente menor y las huellas de carbono e hídrica cada vez más fáciles de neutralizar. La huella intelectual es la que realmente tiene peso en nuestra operación: las historias que decidimos contar, la forma en que lo hacemos y las fuentes a las que recurrimos contribuyen a la construcción, en las mentes de nuestra audiencia, de una visión de país y de mundo.

En el caso específico de Semana Sostenible el reto de mayor vigencia es hacer el periodismo ambiental y social que el país necesita sin dejar de ser negocio. Y es que no es un misterio que el negocio de los avisos impresos atraviesa por una transformación. Para existir, hacemos un esfuerzo por diversificar nuestras fuentes de ingresos y explorar nuevos modelos de negocio, que incluyen nuestra suscripción propia. Lo hacemos con el firme compromiso de no poner en juego nuestra línea editorial y estamos siempre dispuestos a contarles con quién y en qué trabajamos. Esa es la naturaleza de la evolución de nuestro negocio.

Tenemos mucho que aprender, pero tenemos la absoluta claridad de que nuestro compromiso ético nos permitirá sortear los obstáculos. Sobre todo, sabemos que si cometemos errores podremos corregir y aprender de ellos. De nuestras empresas y aliados esperamos la misma capacidad de aprendizaje. Mal asesorada o ejecutada, la preocupación por la reputación cruza con facilidad la frontera con la censura.

El resultado del llamado a la verdad como materia prima de la comunicación, particularmente cuando se trata de superar retos, debería resultar no solamente en mejorías en la confianza, sino en mejores historias que contar. Las estrategias de comunicación en sostenibilidad necesitan, como los medios, audiencia. Por eso, nuestro deber con nuestros anunciantes y con nuestras audiencias es el mismo: encontrar historias que sean ciertas y que valga la pena divulgar. En eso, todos somos aliados. 

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