*Abogada y periodista.

Vivimos una película de terror. Había carros volando sobre nuestras cabezas, contenedores de 40 pies volando de izquierda a derecha”, dijo en entrevista con The Guardian una de las víctimas del huracán Irma en Bermuda. “Ese tipo de cosas uno las ve en televisión, pero jamás espera que ocurran en la realidad”.

Irma destruyó el 90 por ciento de los edificios de Barbuda y la mitad de la población perdió su hogar. San Martín y las Islas Vírgenes tuvieron la misma suerte. Sin embargo, no fue la única película de horror de los últimos meses. Vimos a India, Nepal y Bangladesh bajo el monzón más intenso de la última década, que mató a 1.400 personas y dejó a más de 40 millones –equivalente a toda la población de Argentina–. Luego Harvey, la tormenta que arrasó con Houston y batió el récord de mayor precipitación en la historia de Estados Unidos. Los daños pueden superar los 160 mil millones de dólares que costó Katrina en 2005.

Esta vez, el desastre no le tocó a Colombia. No obstante, hace tan solo siete años las inundaciones masivas eran nuestra realidad. El país enfrentaba el peor Fenómeno de La Niña en su historia: la famosa ola invernal que costó cerca de 2,2 por ciento del PIB en daños de infraestructura y vivienda y dejó damnificada al 7 por ciento de la población. En ese momento las fotos no eran de  Houston, Miami, Mumbai ni Beraberi, sino de Gramalote, Bello, La Mojana, el canal del Dique, y muchos municipios y regiones que padecieron inundaciones, avalanchas y remociones en masa.

Los desastres naturales nos aterrorizan. En 2016, la ONG Healthcare Ready encuestó a más de un millón de estadounidenses y les preguntó qué tipo de evento temen que afecte a su comunidad. Más de una tercera parte de la muestra respondió los desastres naturales, mientras que solo 14 por ciento contestó que los ataques terroristas. Sin embargo, Texas y Florida, los dos estados más afectados por los recientes huracanes, eligieron a Trump, un escéptico del cambio climático.

Sabemos que el cambio climático vuelve los fenómenos naturales más intensos, frecuentes e impredecibles. La base de datos de desastres internacionales (Em-Dat) reporta que desde 1970 los desastres naturales de origen climatológico, hidrológico y meteorológico se han cuadruplicado. Y aun así, cuando ocurren, nos sorprenden. Quedamos paralizados. En shock. Acudimos a la fe. En Miami, decenas de personas se reunieron en las playas a rezar para que Irma no los impactara, ¡como si la aparición de huracanes más intensos fuera producto de la furia de un ser divino y no de nuestras emisiones de gases efecto invernadero!

También padecemos en Colombia esta ceguera empedernida. Aunque somos uno de los países más vulnerables, le apostamos a los combustibles fósiles –responsables del cambio climático– como motor de desarrollo. Mientras decenas de países se inundaban,  la viceministra de Energía, Rutty Paola Ortiz, salió orgullosa a declarar que el fracking, una práctica muy cuestionada por sus impactos ambientales, tenía luz verde en Colombia. Y aunque el ministro de Ambiente la desmintió y aseguró que primero se haría un plan a cinco años para tener los estudios necesarios,  toda la discusión demuestra la estrechez mental de nuestro Gobierno. En lugar de desarrollar un programa ambicioso para desplegar las energías renovables no convencionales –el futuro del mundo–, seguimos soñando con aumentar nuestras reservas de petróleo en 3 mil millones de barriles con fracking. Cualquiera diría que somos suicidas.

¿Cómo esperar algo diferente con más de lo mismo? No vendrá un milagro divino ni tecnológico que nos salve en el futuro. ¡Ya estamos en el ojo del huracán!  Y aunque pueda parecer una zona segura, cualquier paso en falso que demos en los próximos años se traducirá en vidas perdidas e impactos devastadores. Tristemente, si no cambiamos radicalmente y con urgencia, esto que vimos con horror será solo el comienzo del futuro que nos espera.

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