*Director de Conservación WWF Colombia

A finales de la década de 1970, la preocupación por la pérdida de la biodiversidad – que para esa época apenas insinuaba proporciones globales – llevó a la creación de una disciplina científica a la que se llamó Biología de la Conservación. En principio, no se trataba de nada nuevo sino de la aceptación tardía de la necesidad de trascender los ámbitos de una sola ciencia para abordar problemas complejos. No obstante, su aparición hizo que una ola de esperanza barriera los claustros académicos y los espacios silvestres en donde los conservacionistas de entonces enfrentaban sus luchas, pues parecía que estaban encontrando verdaderas soluciones. 

Casi medio siglo después, asistimos al enfrentamiento de estos conservacionistas “clásicos”, contra los proponentes de una reforma surgida de la convicción de que estamos perdiendo la batalla de la protección de la biodiversidad mundial. Para los reformistas, este fracaso puede atribuirse a tres factores estructurales. Primero, al énfasis dado a la protección de la biodiversidad, aun por encima del bienestar humano. Segundo, a que la conservación convencional se apoya en el mito de una naturaleza prístina y por lo tanto pretende conservar y restaurar una situación que nunca existió. Y por último, a que hemos asumido equivocadamente que la naturaleza, a pesar de su fragilidad inherente, es al mismo tiempo resiliente a los daños severos causados por las actividades humanas. 

Según los neo-conservacionistas, estas críticas justifican cambios tácticos en los que, además de propender primero que todo por el bienestar humano mediante la protección, restauración y mejoramiento de los servicios que la naturaleza nos provee, nos enfoquemos más en las áreas urbanas y en los paisajes y especies más útiles para los humanos. Según este movimiento, es necesario aliarse con los principales actores económicos, dado que la conservación del siglo veintiuno debe buscar maximizar la biodiversidad sin comprometer las metas de desarrollo.  

Algunos biólogos de la conservación han sido claros en señalar las falencias de estos postulados. El limitado éxito de la lucha por conservar la biodiversidad tiene explicaciones que están por fuera del control de quienes estamos empeñados en ella. Por otra parte, las soluciones planteadas por la “Nueva” conservación no son tan novedosas como sostienen sus proponentes. Después de todo, gran parte de la conservación de los últimos veinte años ya venía caminando hacia la compatibilización de la reducción de la pobreza, las buenas prácticas sectoriales y la protección de la biodiversidad. Y el énfasis puesto por los neo-conservacionistas en hacer compatible el crecimiento económico capitalista con la protección del patrimonio natural sin duda entraña riesgos que podrían comprometer aún más los objetos que pretendemos conservar. 

Pero la respuesta del establecimiento de la conservación ha sido menos afortunada en otros aspectos. Al defender con encono la urgencia de luchar por los cada vez más reducidos espacios silvestres del planeta, sus voceros hacen una rígida demostración de conservadurismo que tapa con un dedo la enceguecedora realidad de la entronización del mundo en una nueva época geológica. Pues a pesar de que los geólogos aún estén discutiendo acerca de la validez del concepto del antropoceno (Vea: El antropoceno: la edad de los humanos) y muchos ecólogos todavía duden en aceptar la existencia de los llamados ecosistemas emergentes, lo cierto es que el planeta de selvas vírgenes, nieves perpetuas y mares inexplorados es cosa del pasado y por eso, aunque la discusión de marras puede parecer un mero divertimento académico, entraña consecuencias importantes en lo que respecta a la forma como la sociedad asumirá en el futuro la salvaguarda de su patrimonio natural.

Vivimos una nueva fase de la experiencia humana, como habitantes de un mundo que ya es cualitativa y cuantitativamente diferente del que conocimos quienes alcanzamos a militar en el ambientalismo que vio nacer la biología de la conservación. Esto implica que tenemos el deber de adaptar nuestras estrategias y nuestras ideas para responder a los nuevos retos y oportunidades de un mundo en vertiginoso cambio. 

Somos la primera generación con conocimiento amplio de cómo nuestras acciones influyen sobre el sistema terrestre y con el poder y la responsabilidad de cambiar nuestra relación con el planeta. Si nos empeñamos en ver la conservación como la cruzada por proteger de la humanidad los últimos lugares “naturales” de la tierra, no solamente continuaremos perdiendo la batalla, sino que además estaremos dando patentes de corso a todos aquellos que siguen creyendo que por fuera de las áreas protegidas es válido continuar buscando un desarrollo basado en la expoliación y el despilfarro. 

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