*Director de Conservación WWF Colombia

Los escudos patrios, al igual que cualquier otro símbolo, reúnen una serie de convenciones aceptadas por una sociedad que sirven para idealizar sus relaciones con el territorio. Al menos en teoría, el uso de esta simbología fortalece la cohesión del colectivo social y ayuda a mantener en la mente de sus integrantes los valores culturales históricos que identifican su pertenencia a un espacio geográfico.

Estas iconografías suelen persistir durante períodos muy largos, no solo por la voluntad de los pueblos sino también por ser rubricadas en decretos oficiales. Pero como las sociedades cambian a lo largo de su historia, la relevancia de algunos de los elementos pictóricos de estos símbolos se desvanece con el tiempo, convirtiéndolos en la memoria de un pasado lejano. De esta forma, los referentes que ayudaron a construir la identidad geográfica de una sociedad terminan en el cuarto de san Alejo de la historia.

Aunque cada uno de los escudos de los cuatro departamentos que conforman la Orinoquia colombiana tiene elementos singulares, todos comparten un símbolo que sintetiza la idiosincrasia llanera. La figura de una res representa el sistema de producción alrededor del cual se construyó, a lo largo de cinco siglos, la interacción humana con las extensas sabanas que se prolongan hacia Venezuela.

El llanero, en el imaginario nacional, es un pueblo ganadero, a pesar de que a partir del último tercio del siglo pasado la economía orinoquense ha sido dominada por la explotación de hidrocarburos y, en menor medida, por la agroindustria. El rico folclor que exalta la historia ganadera de la región contribuye a esta percepción, al igual que la fisonomía de las principales unidades de paisaje que hemos asociado desde siempre con la ganadería extensiva: las sabanas, los morichales, los esteros y las planicies inundables de la altillanura.

Pero sobre los llanos soplan vientos de cambio que podrían transformar para siempre estos paisajes ancestrales. Invocado por el espejismo milagroso del cerrado brasilero, en los últimos diez años un torrente de inversión ha empezado a fluir hacia el Orinoco. A lo largo y ancho de la región se construye poco a poco una visión de desarrollo que no corresponde con la imagen evocada por su heráldica y se manifiesta en coberturas de la tierra que no necesariamente tienen en cuenta sus características ecológicas. Los cultivos de palma africana en zonas que se inundan durante más de seis meses cada año o las plantaciones de eucaliptos en los suelos arenosos del Vichada evidencian el pobre entendimiento de las condiciones ambientales del territorio.

Estos procesos responden a un contexto histórico diferente al que dio origen a la iconografía pastoril de la Orinoquia colombiana: los llaneros contemporáneos buscan articularse con las dinámicas económicas nacionales y globales. Si bien esta aspiración es socialmente legítima, es preocupantes la velocidad con la que se adoptan nuevos sistemas de producción para la región y la limitada reflexión acerca de sus consecuencias ambientales.

Los llanos orientales son un complejo conjunto de ecosistemas que varían en su aptitud y sensibilidad frente a diferentes tipos de intervención y por lo tanto, antes de tomar la decisión de reemplazar los usos tradicionales de la tierra por nuevas prácticas, es necesario considerar sus costos y beneficios desde el punto de vista de la funcionalidad ecológica. El sueño de las sabanas convertidas en monocultivos industriales o en sistemas agroforestales no solamente puede ser irrealizable desde el punto de vista de las condiciones ambientales para la producción, sino también el desencadenante de la mayor transformación de paisajes naturales que haya visto el territorio colombiano desde la conquista española.

Aunque la ganadería extensiva no es necesariamente el uso de la tierra más rentable e idóneo para cualquier lugar de la cuenca del Orinoco, ha permitido mantener durante siglos las coberturas que definen su paisaje. Por esta razón, antes de que la vorágine del cambio global difumine las reses que pastan en la heráldica llanera y que los cantos de vaquería se conviertan en el eco del pasado, vale la pena recordar que además de consolidar identidades regionales, los sistemas tradicionales de producción rural son elementos fundamentales de la construcción social de la naturaleza.

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