*Director de Conservación WWF Colombia

Los seres humanos creemos que existe una realidad única que se manifiesta a nuestros sentidos de manera inequívoca. Pocos son conscientes de que viven en una realidad que en gran medida es construida individual y socialmente o mejor, imaginada. Cada sociedad construye, colectivamente, conjuntos de imágenes de lo que es y lo que desea para dar sentido a la existencia. Esos imaginarios colectivos condicionan y orientan nuestras acciones y determinan la forma como ayudamos a configurar el mundo a nuestro alrededor.

Quizás uno de los imaginarios sociales más poderosos es el de naturaleza. A lo largo de la historia de las civilizaciones hemos construido esta noción y la hemos expresado de formas diversas de acuerdo con los valores de cada pueblo en su respectivo territorio. Y a medida que la ocupación y uso de distintos paisajes se hicieron más intensos, convertimos paulatinamente nuestra idea de naturaleza en aquella de un espacio en ausencia de seres humanos o con apenas una presencia marginal que altera de manera insignificante sus atributos.

Poco a poco descubrimos que los espacios “no naturales” carecían de algunos elementos que considerábamos deseables o que incluso tenían propiedades que encontramos inconvenientes. Así surgió otro imaginario que le dio un nuevo sentido a la naturaleza: el de la conservación. Una reacción a la transformación inmoderada de las propiedades originales del territorio que alimentó una nueva dinámica en la que la recuperación de atributos “naturales” se hizo socialmente deseable.

Aún en ese marco de referencia, la alienación humana con respecto a la naturaleza sigue estando presente. Por ejemplo, la mayoría de las razones que tenemos para crear áreas protegidas carecen de significado para muchas personas: presencia de especies amenazadas, endémicas o indicadoras de alguna condición singular, ecosistemas raros, áreas prístinas, hábitats amenazados o hábitats de especies en peligro.

Pero esta limitada forma de aceptar la naturaleza puede llevar a cometer errores ecológicamente irreparables. Las áreas que llamamos intervenidas, aquellas en las que la sociedad vive y desarrolla sus sistemas de producción, no pueden existir indefinidamente sin el sustento provisto por esos espacios que tratamos como ajenos a nuestra realidad. 

Tenemos que reconocer que formamos parte de la naturaleza y entender que el funcionamiento de nuestros sistemas de producción depende de la salud del ambiente en el que se encuentran. Es preciso valorar los servicios ecosistémicos de los que depende nuestro bienestar y tener en cuenta los impactos ambientales de nuestras actividades de producción. Y desde luego, debemos aceptar de una vez por todas que hay límites de crecimiento ligados al mantenimiento de las funciones de los ecosistemas.

El futuro de la biodiversidad y el de la provisión de servicios ecosistémicos es un reto que requiere múltiples enfoques. A medida que crece la demanda de recursos naturales, debemos planear estrategias de conservación que aborden las nuevas dinámicas socio-ecológicas sin abandonar los propósitos originales de preservar y restaurar áreas naturales ecológicamente diversas. 

Mantener y restaurar la integridad ecológica de los ecosistemas es necesario a medida que se transforman cada vez más los paisajes que habitamos y utilizamos. Igualmente, es preciso que el desarrollo de estrategias regionales de uso de la tierra asegure un portafolio completo de servicios ecosistémicos e incremente la funcionalidad de paisajes manejados, para asegurar la salud de la sociedad y de la biodiversidad en el largo plazo. Por esta razón, el papel de la agricultura industrializada y de otros sistemas mayores de producción en este proceso no puede ser ignorado. 

La larga historia de expansión humana en todo el planeta ha desembocado en el surgimiento de ecosistemas con propiedades nuevas, diferentes a las de aquellos que existieron en el pasado. Qué tan funcionales son estos sistemas emergentes es una pregunta que apenas empieza a formularse. Por lo tanto, es necesario entender el balance entre sus aspectos positivos y negativos sobre la biodiversidad y los servicios ecosistémicos antes de tomar decisiones respecto a su manejo. 

Vivimos en una época en la que los seres humanos nos hemos convertido en un gran determinante ambiental y no podemos darnos más el lujo de pensar en que la conservación de la infraestructura ecológica del territorio es ajena a nuestra existencia cotidiana. Es urgente que adoptemos una aproximación integral a la conservación de la biodiversidad a escala de paisaje en la que la dualidad seres humanos vs. naturaleza sea eliminada de nuestros imaginarios colectivos. 

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