En estos momentos Colombia se divide entre el rencor y la esperanza. Entre el miedo y el perdón. Entre la muerte y la vida. Y esta lógica, que a los que daremos el sí en el plebiscito nos parece tan evidente, está completamente invertida para los uribistas. Ellos, que hay que llamarlos así porque casi todos sus argumentos les han sido provistos por el expresidente de la mano dura y la memoria corta, creen que el resultado de cuatro años de conversaciones es la entrega del país a losnarcoterroristasdeLafar.

Discutir contra esos razonamientos se torna casi siempre imposible. Sobre todo porque muchas veces es una instintiva sed de venganza lo que en el fondo alimenta el impulso de negarse a esta oportunidad. Eso es hasta cierto punto entendible, las Farc cometieron demasiados crímenes y la cárcel (ya que no fue la muerte) es la única concesión que ellos están dispuestos a ofrecer.

El intento de explicar que como sociedad tenemos que aceptar otras formas de justicia para salir de una guerra de cincuenta años se enfrenta con el muro impenetrable de una frustración quizá más antigua. Porque es verdad que en Colombia siempre ha reinado la impunidad y que para ellos el castigo a las Farc es una especie de redención de ese y de todos los males de este país. No importa que uno les recuerde que las balas han venido de todas partes y que la imposible cruzada uribista para acabarlos a plomo terminó en la vergonzosa tragedia de asesinar inocentes y disfrazarlos de guerrilleros.

No importa los argumentos que uno utilice, insisto, porque en la mayoría de los casos se va a estrellar con el empecinamiento uribista. Pero creo que ahí está precisamente el reto que enfrentamos quienes vemos en el plebiscito una ocasión inédita para a escribir una nueva historia. En nuestras manos no solo está acabar una guerra sino comenzar una era. Y tenemos que estar a la altura de las circunstancias.

Ayer circuló un meme del senador uribista Everth Bustamante con un cartel en el que manifiesta su oposición a que los miembros de las Farc lleguen al Congreso. Aunque este ex guerrillero del M-19 efectivamente está en contra de un beneficio que él mismo está aprovechando, el hecho de que la pieza sea producto de un montaje no solo invalida la crítica a tan flagrante contradicción, sino que pone a sus autores a la misma altura moral del criticado.

Por eso la discusión con los uribistas no debe caer en el adjetivo ofensivo ni en la apelación a la mentira. El debate sobre el plebiscito debería convertirse en un primer ejercicio de respeto por el contrario, así su opinión desafíe las más elementales reglas de la lógica. Esa norma tan simple pero tan ausente en nuestra violenta historia es una condición básica para vivir en paz. Y en vista de las circunstancias, los que daremos el sí el 2 de octubre somos los obligados a dar el primer paso.

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