*Antropólogo

Se cumplen 30 días desde la jornada electoral más importante de las últimas décadas en nuestro país y en el horizonte aún no se vislumbra una salida clara. Más allá de las buenas intenciones demostradas hasta el cansancio tanto por parte de los negociadores del Gobierno como los de las FARC-EP, dispuestos como están a lograr un mejor acuerdo, no existe a la fecha ni un nuevo documento, ni respuestas firmes al atolladero en el que quedamos sumidos luego de la jornada del 2 de octubre.

Lo que sí quedó claro con todo lo que nos ha sucedido es el tipo de país que habitamos. El plebiscito descubrió, como la herencia inesperada de la tía millonaria, la clase de personas que somos. Polarizados, intolerantes, sin capacidad de escucha, divididos. Vivimos en una sociedad bífida y absorbida, al mejor estilo de un argumento de Saramago, en dos únicas posturas.

Los del SÍ pecamos por soberbios y vanidosos. Amparados por el respaldo de varios intelectuales de la escena local y global, por la opinión internacional, nos sentimos superiores y en esa falsa superioridad, menospreciamos a los contradictores y dimos por sentada la victoria que no fue. El irreversible triunfo del NO que se destapó cuando caía la tarde de ese domingo, sumió a algunos en una tristeza y depresión profunda, parecida a la experimentada por un hincha cuando su equipo sale eliminado en el último minuto por no haber sabido defender una ventaja a su favor.

Los del NO mostraron su verdadero rostro. Unos pocos, que genuina e ingenuamente sentían que el acuerdo no estaba a la altura de lo que la justicia exigía, dieron su voto esperando que con esa respuesta se pudiera lograr uno mejor para todos y frente a los resultados guardaron la prudencia que requería el momento. La gran mayoría, incitados por el miedo, con argumentos idiotas, mentirosos y carentes de fundamento, fueron llevados como borregos al matadero y cuando se dieron los resultados, celebraron. Sí, celebraron, como si cerrarle la puerta en la cara a la paz fuera un triunfo.

El pastor Arrázola, una de las caras visibles de la facción cristiana del NO, colgó en intenet, minutos después de sentados los resultados electorales,  un video en dónde aparecía todo ataviado de blanco, con un overol parecido a los que usan quienes venden tintos en las calles. Orgulloso, prepotente, gritón, escandaloso, molesto, haciendo gala de su propia estupidez y lanzándola al mundo como modelo a seguir, reía mirando a la cámara que el mismo sostenía mientras vociferaba: “ganamos, ganamos, de Dios nadie se burla, sin Dios no se puede gobernar”.  Ha de creer que eso del estado laico y el proceso histórico de secularización es una bobada que se puede obviar.

Álvaro Uribe, el representante de la otra gran mayoría, salió con un chorro de babas. Sorprendido por su propio triunfo atinó a hacer lo que mejor hace: confundir. Sin propuestas concretas, sin un plan más allá del vulgar saboteo, se ha visto en la penosa tarea de resolver el impasse en el que nos metió. No lo va hacer. No lo va hacer porque no sabe cómo y porque no le conviene, porque lo de él es el protagonismo, el poder, el sentirse atendido, seguido. Por eso mismo, a 30 días del triunfo del NO sigue haciéndose de rogar, como si de una quinceañera caprichosa se tratara, y las únicas propuestas que ha traído, son inviables y él lo sabe. Cualquier mal pensado diría que lo que pretende es amarrar la paz a sus propios fines electorales.

En este punto el tiempo apremia. El cese bilateral es frágil por su propia naturaleza. Los ojos del mundo están atentos a la solución que se dé sobre nuestra propia suerte y está en manos de la mesa de negociación, Gobierno y FARC, redirigir el acuerdo para lograr uno mejor, que tenga en cuenta las reclamaciones justas y sensatas que se han recogido. Las de Uribe quedan por fuera por definición. No se trata de vivir en una ilusión en la que todos estemos de acuerdo, se trata que a través del debate argumentativo, quienes han sido investidos por semejante responsabilidad histórica, busquen un camino por el que la mayoría de los colombianos queramos transitar.

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