*Coordinadora de Mercados Responsables. Fundación MarViva.

Nos preciamos  de vivir en uno de los países más ricos en biodiversidad del mundo, y quienes vivimos en las grandes ciudades experimentamos una emoción infantil cuando nos asomamos esporádicamente a la geografía de la “magia salvaje”. Sin embargo, las preocupaciones en torno a la rampante destrucción de los ecosistemas naturales, la desaparición de las especies y la drástica reducción de muchos recursos naturales se ven relegadas a un segundo plano o se vuelven preocupaciones de poca monta. Esto ante hechos coyunturales animados por los altos niveles de delincuencia, la caída del precio del petróleo, el maltrato infantil, el hacinamiento en las cárceles, la movilidad en las ciudades y las incertidumbres generadas por los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC, entre muchos otros.

El desasosiego de la población que producen estos asuntos amerita, desde luego, toda la atención del Gobierno, dando prioridad a la búsqueda de paliativos, fortaleciendo la institucionalidad y asignando los recursos económicos requeridos. Con ello, resulta obvio que los temas relacionados con la conservación de la naturaleza y de los recursos naturales sean marginales en la agenda pública y que, como de costumbre, los recursos destinados al sector ambiental sean comparativamente precarios.

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No obstante, por muy prioritario que sea atender los asuntos coyunturales más relevantes, nosotros, los ciudadanos comunes, pero en especial aquellos que hacemos parte de los más de 4,5 millones de colombianos ubicados por encima del estrato 3, quienes pueden “darse el lujo”, así sea esporádicamente, de disfrutar de unas vacaciones junto al mar. Deberíamos preocuparnos cada vez que tenemos ante nosotros un plato de pescado o de mariscos recién servido. Cuántos de esos consumidores se preguntarán ¿qué tipo de pescado es?’¿dónde vivió?¿qué edad tenía cuando fue capturado?¿quién y cómo  lo atrapó?.

El sector gastronómico experimentó el año pasado un crecimiento promedio del 22% y el consumo de pescado aumentó de 4,5 a 6,7 kilogramos per cápita al año en menos de una década. Estas cifras de consumo en Colombia están muy lejos de las de países como Japón o España, donde cada ciudadano consume más de 20 kilogramos de pescado al año, pero todo colombiano que incluye en sus hábitos alimenticios el pescado, incluyendo productos enlatados, hace parte del problema de la sobreexplotación a la que están siendo sometidos los océanos y ríos del mundo.

Los océanos son el principal abastecedor del oxígeno que respiramos, la circulación de las masas de agua oceánicas juega un papel de gran importancia en la regulación del clima global y en la profundidad de los océanos se esconden aún muchos secretos. Estas son verdades conocidas por todos y poco nos preocupan. En los océanos se vierten anualmente millones de toneladas de basuras y residuos líquidos, el 31,4% de los recursos pesqueros del mar se encuentra sobreexplotado y las poblaciones de grandes depredadores marinos, incluyendo tiburones, focas y delfines, se han reducido hasta en un 90% en el transcurso de seis décadas. Estos son hechos que sí deberían preocuparnos y motivarnos a adoptar unos hábitos de vida que contribuyan a paliar esos problemas.  

Nosotros, como consumidores de productos de mar, tenemos el poder de influenciar significativamente los mercados si adoptamos una actitud responsable. Desde la demanda es posible cambiar las viejas costumbres de las cadenas de mercadeo de pescado, que van desde el pescador artesanal hasta los intermediarios y expendedores.

Se trata de adoptar actitudes básicas y hacerlas parte de los hábitos a la hora de consumir pescado, de utilizar el voz a voz para que cada vez sean más las personas preocupadas por la conservación de los recursos e interesadas en contrarrestar la tendencia actual. Basta con preguntar a los proveedores por la identidad de las especies que consumimos, su lugar de proveniencia, si son animales que fueron capturados mediante artes de pesca no nocivos y cuándo ya alcanzaron su talla madurez o si se trata de juveniles.

Para convertirse en un consumidor informado y más responsable, que sabe qué y cómo exigir,  basta con tratar de cumplir cuatro criterios básicos:

  1. ¿Qué estamos comiendo?. ¿En los supermercados o en los restaurantes nos están suministrando la especie (róbalo, pargo, corvina, etc.) que anuncian, o es otra especie cuya textura y color son parecidos?. Si todos los consumidores preguntamos constantemente y, por qué no, algunos más atrevidos solicitamos pruebas de que efectivamente lo que nos indican es lo que estamos adquiriendo, se logrará que los restaurantes, supermercados y distribuidores se informen mejor. No deberíamos permitir que nos metan “gato por liebre”, como ocurre con el Pangasius o basa, un bagre de origen asiático, vendido usualmente como róbalo.
  2. ¿Somos conscientes de que los peces, igual que los gatos, perros y humanos, deben alcanzar una edad determinada para su reproducción? No deberíamos consumir pescado que no se haya reproducido al menos una vez en su vida, es decir, cuya talla esté por debajo de la de madurez para su especie. Por ejemplo, el pargo lunarejo del Pacífico (Lutjanus guttatus), que suele venderse como ”pargo platero” y que tanto apreciamos servido frito con arroz y patacón, es con toda probabilidad un animal juvenil, que no se ha reproducido aún, si su longitud total no sobrepasa los 26 cm.
  3. Algunas especies no deberían ser objeto de consumo, pues se encuentran amenazadas o están en peligro de extinción; entre ellas figura el mero guasa, muy apetecido en la gastronomía gourmet. Ser responsable implica no consumir estas especies y exigir que sean eliminadas de la oferta en los menús de los restaurantes.
  1. Finalmente, deberíamos poder exigir a los establecimientos contar con programas de trazabilidad, no solo en términos de calidad, sino también ambientales, sobre lo que consumimos. ¿El pescado que comemos tuvo la cadena de frío necesaria? ¿Proviene de nuestras costas? ¿proviene de la pesca ilegal? ¿proviene de los grandes barcos industriales que con sus artes de pesca de arrastre arrasan con toda la vida en el fondo marino? o ¿El pescado que comemos beneficia al pescador artesanal colombiano?

Dados los altos niveles de desinformación y las preocupaciones de los colombianos orientadas hacia otros temas, las recomendaciones se resumen en una sola palabra: ¡Preguntemos! Si los consumidores nos proponemos indagar en los establecimientos comerciales sobre los criterios básicos propuestos, estaremos contribuyendo con la conservación de los recursos marinos y costeros.

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