La Convención de Ramsar es un tratado internacional para proteger humedales. Firmado en esa ciudad iraní, 9 años antes de la revolución islámica, recoge una serie de obligaciones bastante tímidas de los Estados. “Fomentar su conservación” y “usar los humedales racionalmente” son expresiones que hoy en día pueden sonar conservadoras pero que fueron escritas tres lustros antes que el informe Brutland, que habló por primera vez de los límites del crecimiento. Sin duda, algo cambió en el derecho internacional con su adopción. 

Los humedales no son simples charcos de agua. Son ecosistemas que proveen alimento, mitigan los desastres naturales, suministran recursos hídricos y capturan carbono, lo que es fundamental para la lucha contra el cambio climático. Sin humedales, nuestras ciudades y territorios tendrán sed y se volverán más inseguros frente a los arrebatos del clima. (Vea: ¿Por qué son importantes los humedales?)

La Convención de Ramsar es una ilustre desconocida. No es raro encontrar abogados ambientalistas y funcionarios de ministerios del ramo que jamás han oído hablar de ella. Pero su alcance llega a todas partes. Existen 2.100 sitios Ramsar alrededor del mundo, con un área equivalente al territorio de México. El sustento de 660 millones de personas con ricas culturas anfibias depende de ellos. 

La última Conferencia de las Partes tuvo lugar en Uruguay, en junio de 2015. El balance dista mucho de ser alentador. Desde el año 1900, hemos perdido el 64% de los humedales del mundo. La agricultura no sostenible, los proyectos de infraestructura y la minería a gran escala están acabando con ellos. Las pérdidas económicas asociadas a su deterioro se han estimado en 20 billones de dólares anuales.

Ramsar cumplirá pronto 45 años. Inicialmente fue un mecanismo multilateral para la protección de aves acuáticas. Pero los tratados son organismos vivos y este se reinventó como un acuerdo sobre cambio climático y agua. Sin embargo, como si experimentara una crisis de la edad madura, está agobiado por una crónica falta de recursos y de visibilidad, que explica su debilidad política. 

La escasez financiera es una espada de Damocles que pende sobre la secretaría de la Convención. Los Estados no proveen tanto financiamiento como deberían. Ramsar está siempre a la sombra del Convenio de Cambio Climático, la súper estrella del derecho ambiental internacional. Los encargados entienden que detrás de la visibilidad viene la plata y la capacidad de influencia. Pero en eso, Ramsar todavía no despega. (Vea: Los principales puntos que dejó la Convención contra el cambio climático

Otra gran incógnita es el papel del sector privado, no solo en Ramsar, sino en muchas otras conferencias internacionales. Algunos hablan de captura corporativa. Otros, más pragmáticos, dicen que los Estados no están financiando adecuadamente estas instancias y que de algún lado tiene que salir la plata. Las empresas parecen muy cómodas dirigiéndose a los Estados en la Conferencia y auspiciando sus actividades. 

La Conferencia transcurrió, aparentemente, de forma serena, pero muchas cosas estaban ocurriendo tras bambalinas. Cuando hubo alusiones a cambio climático, varios países reaccionaban como si les hubiesen tocado un nervio. El peso de Itamaraty se hizo sentir y los sofisticados diplomáticos brasileros se opusieron hábilmente a cualquier alusión a ese fenómeno en los documentos del evento. Es un tema del convenio marco en la materia, decían. Argentina los secundó. El hecho es que sin humedales no habrá adaptación al cambio climático, por lo que la relación es evidente. Estados Unidos, Turquía y Dinamarca también jugaron duro en la Conferencia. 

Pero no solo los gobiernos sacudieron la Convención. La sociedad civil sigue buscando un lugar en ella. Un curtido participante irlandés puso el dedo en la llaga: el gran problema de Ramsar es la falta de obligaciones realmente vinculantes y de sanciones por incumplimiento. Todo queda a voluntad de los Estados. Es un contraste con la Convención Americana, con una Corte independiente y con peso propio que la interpreta. 

Las reuniones de Ramsar siempre caen en la tentación de sumergirse en los detalles científicos. Es un campo especializado que se presta para eso. Pero sus principales desafíos no son técnicos, sino políticos y están en manos de los gobiernos, que toman las decisiones, y de la sociedad civil, que tiene el poder para presionarlos. 

*Asesor de la Asociación Interamerican para la Defensa del Ambiente, AIDA. 

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