Desde el aumento en la temporada de lluvias que ha causado estragos en Colombia por doquier hasta el blanqueamiento masivo de la Gran Barrera de Coral. Lo cierto es que éstas serán sólo algunas de tantas y crecientes tragedias que nos recordarán cuan urgente es la necesidad de un cambio en nuestra manera de habitar el planeta. La semana pasada la ex secretaria ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, Christiana Figueres, volvió enfrentarnos con lo que la ciencia viene clamando hace décadas: el año 2020 es la fecha límite que tenemos para que las emisiones globales de gases de efecto invernadero dejen de aumentar, y empiecen un descenso paulatino hasta llegar a la neutralidad en el 2050. Esta es la transición necesaria para evitar un aumento de la temperatura global superior a los 1,5 ó 2 grados centígrados – límite acordado por la comunidad internacional en el Acuerdo de París como el máximo permisible para evitar una debacle planetaria.

Uno de los científicos precursores del concepto de los límites planetarios, Johan Rockström, coincidió con Figueres publicando un artículo en Science en que expone su propuesta para asegurar un futuro seguro: la “ley del carbono”. Similar a la ley de Moore que habla sobre el ritmo de avance de la tecnología computacional,  Rockström propone una hoja de ruta para la total des-carbonización de la economía global, recortando las emisiones producidas por los humanos a la mitad, cada década. Estas reducciones exponenciales deben iniciar en los próximos 3 años (2017-2020), y estar acompañadas de medidas de reducción de emisiones en los sectores productivos y la deforestación, y de un plan para escalar drásticamente la tecnología para captar y remover carbono de la atmósfera.

En Colombia solemos ser presa de una peligrosa interpretación de lo que es un verdadero dilema de acción colectiva. Como contaminamos relativamente poco – dice el mito –, pero somos muy vulnerables – demuestra la realidad -,  nuestra prioridad es adaptarnos a los cambios que vendrán. Lo cierto es que si todos los países con emisiones menos significativas que las de los típicos villanos (China y Estados Unidos) pensaran igual, estaremos condenados al desastre. La atmósfera es una, y cada gramo de CO2 emitido cuenta y se acumula.

Nos conviene acelerar nuestra inversión nacional a todo nivel en un desarrollo limpio y resiliente. No sólo porque somos vulnerables como lo vivimos cada vez más intensamente con tragedias como la de Mocoa, sino por que nos haría más competitivos, y estaríamos forjando un entorno deseable y próspero. Competitivos porque la economía globalizada va en esa dirección: un ejemplo entre muchos son los 5.2 billones de dólares en bienes administrados por instituciones financieras que ya se han comprometido con desinvertir en proyectos con altas emisiones de gases efecto invernadero. Deseable porque los co-beneficios a corto, mediano y largo plazo son innegables: ciudades con mejor calidad del aire, menor prevalencia de enfermedades respiratorias, mejor movilidad, mayor eficiencia energética, mas y mejor empleo digno, mejor productividad agrícola, entre otros.

La tarea es clara para los próximos tres años: en cada hogar, empresa, gremio, gobierno local y departamental, y por supuesto el gobierno nacional, hemos de redoblar los esfuerzos y definir nuestra propia hoja de ruta para acelerar la reducción de emisiones cuanto antes. El cambio está en nuestras manos y la cuenta regresiva ya empezó.

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