@danielbernalb Veeduría de la Reserva Thomas Van der Hammen Fundación Humedales Bogotá.

Cuando escuchamos afirmaciones como “El área de la reserva Van der Hammen es una de las poquísimas donde no hay ni una sola quebrada”, “en esa zona no existe ni siquiera un humedal” o “en la reserva Van der Hammen no hay absolutamente nada”, nos adentramos en uno de los conflictos ambientales más complejos que ha tenido Colombia en su historia en este campo.

Estos "argumentos técnicos" usados por la administración actual de Enrique Peñalosa son exagerados y fatalistas, pues en las 1.395 hectáreas de la reserva hay humedales (8 naturales y 38 artificiales según su Plan de Manejo Ambiental –PMA–) y algunas quebradas.

En la reserva Van der Hammen sobreviven dos lugares con grandes valores ambientales: el bosque de Las Mercedes, último relicto de bosque primario de planicie inundable de la sabana, y el bosque de Las Lechuzas con su humedal. El resto de la zona está conformada por cultivos y potreros, que hacen parte del paisaje tradicional de la Bogotá rural.

Si esta zona carece de valor ambiental, ¿cómo fue que la idea del profesor Thomas Van der Hammen de crear una reserva en el borde norte de Bogotá logró conquistar a un panel de expertos de alto nivel? Apellidos como Salmona, Samper Gnecco, Acevedo, Aldana, Carrizosa, Rodríguez Becerra, Cuervo y Mariño de Posada, la mayoría más cercanos al urbanismo que a lo ambiental, dieron un sí a esa propuesta, apoyados por los conceptos técnicos de otro gran número de expertos a nivel mundial y nacional.

Para entenderlo hay que tomar la foto con todo su contexto, the big picture como lo llaman, y no solo el polígono aislado llamado reserva. Los vecinos adyacentes a ella dan pistas: humedal La Conejera, quebrada La Salitrosa, cerro La Conejera y humedal Torca–Guaymaral. Todos estos poseen grandes valores ambientales que anteriormente fueron reconocidos por el Distrito y ya tienen medidas de protección, razón por la cual no se incluyen en el polígono de la reserva.

Fernando Remolina, experto biólogo, geógrafo y estudioso del tema desde su declaratoria, afirma: “Es la primera vez que Colombia como sociedad, después de haber encogido y transformado bosques hasta dejarlos del tamaño de relictos, quiere nuevamente hacer un bosque originario. Ahí radica la importancia socioecológica de la reserva Thomas Van der Hammen.  Importancia no solo distrital, sino de orden regional y nacional”.

Por primera vez los colombianos de forma responsable nos la jugamos por recuperar bosques primarios después de haberlos encogido y llevado casi hasta su extinción. Tradicionalmente las reservas evidencian fácilmente sus riquezas naturales y por ello son protegidas; en este caso se declara una reserva para salvar las pocas riquezas que quedan alrededor, propagarlas y garantizar su viabilidad a largo plazo. El profesor Van der Hammen ya demostró que se puede regenerar el bosque, como lo hizo en su finca Santa Clara en Chía.

La importancia de recuperar este bosque radica en que regeneraría la conectividad ecológica entre los distintos ecosistemas, salvaguardando el futuro ambiental de la ciudad. Además,  podría “garantizar 100 años de agua para Bogotá” como lo han dicho expertos en el tema. Esta conectividad, que existía hace más de 70 años, se ha visto gravemente interrumpida por la urbanización desordenada y el reemplazo de la vegetación nativa por la agricultura y la ganadería en la sabana.

La propuesta de la administración distrital actual borra  20 años de estudios, conceptos de expertos, luchas jurídicas, ciudadanía activa y la necesidad apremiante de garantizar, aunque muchos aún no lo comprendan, la conectividad ecológica de esta zona.

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