Lo que Humboldt vio en su expedición legendaria a comienzos del siglo XIX por los Andes, Cuba, México y Estados Unidos fue simple: todo está conectado con todo. Si alguien tira de un extremo de la cuerda de la naturaleza, el planeta se mueve en su conjunto porque la naturaleza está unida “por mil hilos”. En los llanos venezolanos el científico entendió que la tala masiva de árboles, que practicaban los españoles y los criollos, había causado las inundaciones y la erosión cada vez más frecuentes. Escalando literalmente con las uñas el volcán Chimborazo, comprendió que las plantas y los animales están distribuidos según zonas climáticas que atraviesan de lado a lado la Tierra. Bajando el río Magdalena venía rumiando la idea de que los humanos estuvieran alterando el clima.

Fue el primer ecólogo de Occidente, el que vio la conexión íntima entre el ser humano y la naturaleza de la que hace parte, como ya lo habían visto los pueblos indígenas sobre los que escribió con admiración. Fue también el primer naturalista global, el que imaginó la Tierra como un redondo ecosistema, más de 150 años antes de que la NASA captara la foto satelital que le dio la razón, la de la noche cósmica contra la que resalta la esfera forrada de azul marino y surcada por tierras verdes y montañas escarpadas.

En el siglo XIX tanto como hoy, la visión ecologista choca contra otras miradas. Colisiona con el antropocentrismo occidental de Aristóteles, Descartes y Bacon, que hoy sigue vivo entre los negadores del cambio climático, las industrias contaminantes, los ciudadanos indiferentes y los gobiernos que aplazan para otro día la protección del medioambiente. Humboldt puso a los seres humanos en su sitio: no encima, sino en medio de la naturaleza.

La mirada de la ecología choca también con la predominante en la ciencia de la época de Humboldt, la de la taxonomía. Mientras que Carl Linneo y hordas de botánicos se ocuparon de las divisiones −clasificando las plantas en casillas de géneros y especies− Humboldt enfatizaba las conexiones entre todo lo vivo. El mismo contraste que se ve hoy entre quienes insisten en diseccionar la naturaleza –ampliando las zonas urbanizables, demarcando minas a cielo abierto o atravesando carreteras por la selva− y quienes recuerdan los efectos que tienen esas obras sobre el entorno y el ambiente en su conjunto.

El planeta de Humboldt es un ente vivo en constante evolución. El científico alemán sostuvo que “la naturaleza es una totalidad viva”, no un “conglomerado muerto” como afirmaban los teólogos y los naturalistas de la época. Humboldt observó que las plantas se adaptan a su medio, las bacterias cumplen sin cesar su labor silenciosa y que  incluso los continentes se habían movido de su lugar inicial. Todo eso lo descubrió siglos antes de que las teorías contemporáneas lo comprobaran.

Las ideas de Humboldt inspiraron a Charles Darwin, cuyas lecturas de cabecera durante el famoso viaje en el barco Beagle a las islas Galápagos  y alrededor de la Tierra, fueron los diarios de viaje y los libros de Humboldt. Las ideas de los dos grandes naturalistas siguen alimentando la visión evolutiva de la Tierra, que se opone no solo a la creacionista, sino también a la desarrollista que ve el planeta como materia prima, como material inerte listo para ser explotado.

La invención de la naturaleza, de Andrea Wulf, es de esos pocos libros que altera la forma de ver el mundo. Un mundo que Humboldt atisbó en su totalidad, por primera vez, mientras cruzaba los Andes. 

Relacionados

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.