*Abogada y periodista.

El último día de febrero zarpamos de Iquitos, Perú, en una expedición para contar delfines por el río Amazonas. Durante una semana lo recorrimos sin prisa, nos adentramos por caños y lagunas, para estimar cuál era la población de estos mamíferos desde la confluencia del río Marañon y el Ucayali, hasta llegar a Leticia, Colombia.

En La Esperanza éramos dieciséis. Omacha, delfín en lengua Ticuna, era nuestro líder. Ese es el nombre que se ganó el biólogo Fernando Trujillo por haber pasado gran parte de su vida estudiando y protegiendo a los delfines de río, que son especies amenazadas.

Era mi tercera vez en la Amazonía y la primera vez que navegaba 600 kilómetros por su arteria principal. Los delfines no tardaron en aparecer: contamos 140 delfines rosados y 186 grises. Pero el número no fue lo que me sorprendió, sino ver una selva tan lejana a la que imaginaba.

Con los delfines vinieron lanchas rápidas, lugareños hacinados en barcos viejos y oxidados, canoas de pescadores con motores peque-peque, indígenas remando, cruceros turísticos, planchones con madera, trasportadoras petroleras y barcos cargueros. Vimos un pueblo tras otro. La mayoría sin árboles y creciendo a espaldas del Amazonas. No era un río: era una autopista. Y en algunos lugares, una cloaca, un basurero.

El territorio amazónico es tan grande –6,7 millones de kilómetros cuadrados– que por pedazos esta difícil realidad se camufla. Pero en La Esperanza recorrimos una selva intervenida, una selva dócil. Y el imaginario con el que crecí en la ciudad –una selva enorme, indomable, inhabitada, el pulmón del mundo– se desvaneció.

La Amazonía cubre nueve países, cada uno con una agenda de desarrollo diferente, a pesar de que el ecosistema no tiene fronteras. Viven 33 millones de personas y todas necesitan alternativas para sobrevivir. Por eso la selva enfrenta muchas presiones: caza, pesca, explotación minera, petrolera, construcción de hidroeléctricas, ciudades y pueblos en expansión, contaminación de agua y la tala que parece imparable. En tan solo medio siglo perdimos el 20 por ciento del bosque.

Perder el ecosistema amazónico no solo afectaría gravemente a las personas que están ahí, sino a las que viven en todo el continente. Pese a la transformación en marcha, sigue siendo el lugar más biodiverso, la mayor cuenca hidrográfica del planeta y el área más grande con bosque tropical húmedo. De esta riqueza depende la seguridad hídrica, energética, alimentaria y climática de toda la región de América Latina, inclusive la de muchos países que no tienen selva amazónica en su territorio.

En La Esperanza, la mayoría se declararon pesimistas. Dudo que lo sean: si creyeran que todo está perdido no aguantarían ocho días bajo el sol intenso contando delfines. Esa es su lucha.

Pero con ellos no será suficiente. Sobre todo si las ciudades siguen desconectadas de la realidad de la selva imaginando una Amazonía que nunca fue. Estamos a tiempo de acercarnos para poder conocerla, comprenderla y crear estrategias de desarrollo sostenible para poder conservarla. Si no, en poco tiempo la selva no solo será dócil. Simplemente, dejará de ser selva.

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