*Bióloga, colaboradora se Semana Sostenible

Hace 66 millones de años el mundo sufrió una extinción masiva, cuando un asteroide de 10 kilómetros de diámetro cayó en la península del Yucatán. Esto llevó a la extinción de los dinosaurios y de todo mamífero más grande que un gato. En total, tres cuartas partes de las especies desaparecieron. Sin embargo, esa no fue la extinción más devastadora de las cinco que han pasado por la Tierra. El honor lo lleva la llamada ‘Gran muerte’, de hace 252 millones de años, en la que a causa de un volcán perecieron hasta el 97% de las especies, incluidas algunas que llevaban 270 millones de años en nuestro planeta.

Un sinnúmero de paleontólogos, biólogos y demás científicos ecologistas hoy advierten sobre el comienzo de la sexta extinción masiva de especies. En la actualidad, perdemos especies a un ritmo mil veces superior a la tasa de extinción de fondo, es decir, la pérdida natural de especies (de una a cinco especies por año), y según el WWF, desaparecen entre 200 y 2,000 especies anualmente. (Vea: Cambio climático condenará a la extinción a 1 de cada 6 especies

El paleontólogo Anthony D. Barnosky, de la Universidad de Berkeley, explica que la biodiversidad aumenta después de cada extinción pero tarda en promedio diez millones de años en hacerlo. Y las especies que emergen son muy diferentes a las que dominaban antes del evento; se estima que el 99% de todas las especies que han pasado por la tierra hoy ya no existen. Es decir, el daño de una extinción es irreversible y la marcha de la evolución, imparable.

Las extinciones anteriores se debieron a impactos de asteroide, erupciones de volcanes o cambios climáticos drásticos, pero las causas inmediatas fueron el calentamiento del planeta (a causa de los gases de efecto invernadero), el cambio en la composición atmosférica, la acidificación de los océanos y las zonas muertas debido a la falta de oxígeno. Cada extinción masiva previa sufrió al menos dos de estas cuatro condiciones.

Hoy están presentes todas estas condiciones, aunque en grados variables, y además estamos añadiendo otros factores como la contaminación, la invasión de especies exóticas y la propagación de enfermedades (debidas en parte a la globalización) y, peor aún, la destrucción sistemática de especies, hábitats y ecosistemas, con fines económicos. Y todas estas condiciones se deben al hombre, el 99% de las especies que actualmente están en riesgo son amenazadas por actividades humanas. (Vea: Misteriosa enfermedad ha matado a la mitad de la población de una especie en peligro)

Además todavía no hemos comprendido a fondo la dimensión del problema: hay especies que forman la piedra angular de sus ecosistemas y si estas desaparecen, las demás especies que dependen de ellas perecerán en una reacción en cadena. Algunas, como los insectos, son indispensables para la vida en este planeta, pero el ser humano no lo es y, al contrario, su desaparición podría llevar al reflorecimiento de muchas especies que hoy se encuentran en peligro.

Según el entomólogo y profesor de Harvard E.O. Wilson, uno de los científicos más reconocidos y prestigiosos en temas ambientales y ecológicos, tenemos un problema de proporciones épicas: durante los siguientes años debemos preservar la mayor cantidad de especies al menor costo para la humanidad. Aunque el problema es difícil de enfrentar, no solo podemos hacerlo sino que al conservar el mundo natural estamos beneficiando a la humanidad a largo plazo en productividad y seguridad.

La conservación de la biodiversidad es de interés nuestro por muchas razones, partiendo del hecho que la Tierra es el único lugar en el que el hombre puede sobrevivir a largo plazo. Como humanos, hemos evolucionado para vivir en este planeta, con sus especies y sus ecosistemas; tenemos una memoria genética y funciones corporales que están adaptadas para vivir con la naturaleza en nuestro entorno. Dice el profesor Wilson que otros mundos no están en nuestros genes.

Nuestra supervivencia depende de la biodiversidad biológica. Es una ilusión pensar que podemos vivir adecuadamente en otro ambiente diferente a aquel para el cual evolucionamos. Además, no podemos convertir nuestro planeta en un lugar tóxico e inhóspito porque sencillamente no tenemos a dónde partir. Hay más vida en una cucharada de tierra que en cualquiera de los demás planetas de nuestra galaxia, que sepamos.

También debemos considerar el valor moral e intrínseco. La humanidad evolucionó entre otras especies, y tenemos el deber de fijar a conciencia un rumbo sostenible. No somos invencibles ni omnipotentes para tratar de descifrar y disponer de la complejidad del mundo natural. ¿O acaso estamos dispuestos a comenzar a perder especies en masa o ecosistemas enteros durante nuestra generación o la de nuestros hijos?

Si continuamos con este ritmo de desapariciones, corremos el riesgo de convertirnos en la única especie que llevó a las demás, y quizás sí misma, a su fin.

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