| 2016/04/09

La trampa de la rigidez

Un país que se transforma a velocidades vertiginosas, de los más vulnerables a los fenómenos climáticos extremos y que aún desconoce las dimensiones reales del posconflicto no debería negarse a escuchar y aprender de la experiencia.

María López Castaño, directora de @Sossemana
María López Castaño, directora de @Sossemana

Este es un país que se deja llevar por los titulares de la prensa y reacciona visceralmente tomando partido por la versión que mejor le suena. La polarización está eliminando la posibilidad de un debate informado. Nos dividimos en bandos que se oponen y no ceden un centímetro ante los argumentos de su contraparte. Somos una nación juzgona y terca.

Nos gustan las historias fáciles de buenos contra malos, policías contra ladrones, ambientalistas contra mineros, ricos contra pobres. Ver la realidad de esta manera resulta mucho más sencillo que hacer el esfuerzo de profundizar e informarse. Al buscar entender la lógica de acciones gubernamentales caemos en la misma dinámica.

Las investigaciones que respaldan los artículos de esta edición tienen un factor en común: niegan la dicotomía entre buenos y malos para revelar en su lugar cadenas de desaciertos e incompetencias que, al materializarse en actos legales y administrativos, se convierten en fuente de innumerables conflictos.

La rigidez de nuestro sistema de gestión pública, diseñado sin pensar en el aprendizaje institucional, permite que esos desaciertos permanezcan. Una vez embarcados en una decisión, no hay la menor oportunidad de detenerse y evaluar para hacer los cambios necesarios. Superiores jerárquicos, control interno, Contraloría y Procuraduría están todos pendientes de la admisión de cualquier error para tomar las medidas disciplinarias correspondientes.

Las metas y acciones que se definen en el Plan de Desarrollo son exactamente las que se deben ejecutar en el transcurso de cuatro años. Los proyectos acordados en enero son los mismos que hay en el siguiente diciembre sin importar que el país puede pasar de la sequía a la inundación, de la abundancia petrolera a la crisis económica.

El desarrollo de las políticas públicas se hace en los escritorios de las capitales sin escuchar a quienes habitan los territorios. A la hora de entablar diálogos, la visión de los tecnócratas es que los ciudadanos de a pie son demasiado ignorantes y los políticos, corruptos y clientelistas. Por eso se quedan sin la posibilidad de consultar con la realidad para ver si lo que enseñan en Madrid, Boston o Londres aplica en Calarcá, Piedras o Facatativá.

Así, se creó una política de delimitación de páramos con la intención de protegerlos. Luego, al ver las dificultades de ejecutar esta ley en el terreno, se le añadieron unas modificaciones para permitir que operaran las empresas que adquirieron sus títulos antes de que se inventara la delimitación. Pero en todo este proceso no se tuvo en cuenta que no es lo mismo la extracción de carbón a gran escala que se hace en el páramo de Pisba que la minería artesanal de oro que practican los habitantes de Vetas en Santurbán. El resultado: la Corte Constitucional tumbó la modificación del gobierno y con ello no solo dejó en suspenso la existencia de ese pueblo, sino que le abrió el camino a demandas multimillonarias por parte de las empresas.

A pesar de lo anterior, la delimitación sigue siendo la principal herramienta de protección de los páramos. Se ha mantenido esa caprichosa noción sin importar que hasta las autoridades ambientales nacionales y locales consideran que el esfuerzo es insuficiente para garantizar el derecho constitucional al medioambiente sano. Las opciones, por ejemplo, de delimitar la actividad económica y no los ecosistemas, no se han tomado en cuenta. ¿No sería esto más lógico? ¿Por qué le tenemos tanto miedo a poner reglas claras y límites a los sectores económicos?

Un país que se transforma a velocidades vertiginosas, que es uno de los más vulnerables a los fenómenos climáticos extremos y que aún desconoce las dimensiones reales del posconflicto no debería negarse a escuchar y aprender de la experiencia. Y mucho menos a rehacer el camino cuando sea necesario.

Casi todos escuchamos selectivamente, y más aún en la era de la información. Pero hay que salir a las calles y a las veredas. Hay que rodearse de quien nos obliga a escuchar lo que estamos predeterminados a ignorar. Es necesario estar seguros de gobernar el país en el que vivimos y no otro que existe entre nuestra imaginación y la carrera séptima en Bogotá.

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