| 2017/10/12

Las contradicciones de la abundancia de agua en Colombia

A pesar de que cada colombiano dispone en promedio del líquido suficiente para llenar 20 piscinas olímpicas al año, problemas de distribución y gestión hacen que esta riqueza no redunde en el bienestar de toda la población del país.

Las contradicciones de la abundancia de agua en Colombia

El agua es un elemento esencial para todos los seres vivos. En las grandes ciudades el agua es suministrada por robustos sistemas de acueductos cuyas redes atraviesan grandes distancias para proveerse del precioso líquido en la cantidad y calidad requeridas. Para los habitantes que la reciben con solo abrir la llave es fácil perder de vista el panorama real de los recursos hídricos, permitiéndose olvidar que, aún hoy en pleno siglo 21, en los pueblos pequeños el servicio de agua potable tiene interrupciones diarias que van entre las 8 y 16 horas.

El agua es necesaria no sólo para el uso doméstico, también es un recurso esencial para el desarrollo de las actividades productivas y en Colombia es la materia prima principal para la generación de energía eléctrica. Por último, pero no menos importante, el agua es uno de los componentes de soporte para los distintos ecosistemas del país, brindando uno de los pilares para la gran biodiversidad de Colombia.

Aunque la gestión del agua ha progresado, aún es preocupante la dinámica de presión sobre el recurso hídrico. Una gran cantidad de seres humanos mueren por enfermedades relacionadas con el agua. En áreas urbanas sin agua potable y con saneamiento básico deficiente la mortalidad infantil es 20 veces mayor que en aquellas áreas urbanas donde estos servicios presentan un buen desempeño. En algunos casos los conflictos por el uso del agua para consumo humano, agrícola, industrial y de soporte ecosistémico han generado desbalances que rompen el equilibrio ambiental del territorio, conduciendo en muchos casos a pérdidas en la biodiversidad.

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Tal situación no es exclusiva de los colombianos, esta misma afecta a muchas regiones del mundo y se exacerba en los países de menor desarrollo.
La disponibilidad per cápita de agua en el país muestra que cada colombiano dispone de una oferta anual de agua muy superior a la de la mayoría de los habitantes del mundo. Según este indicador, Colombia ocupa el lugar número 16 entre 179 países, con cerca de 50.000 m3 de agua por habitante al año, un volumen de agua equivalente al que se almacenaría en 20 piscinas olímpicas. En contraste, estados como Singapur, Malta, Arabia Saudita, Qatar y Bahamas ocupan los últimos puestos con disponibilidades per cápita menores a 150 m3 por persona al año.

No obstante la alta disponibilidad per cápita de agua de Colombia, debido a que la oferta de agua varía considerablemente a lo largo del territorio nacional y a que la población colombiana y sus principales actividades económicas se encuentran ubicadas en regiones con oferta hídrica natural no muy significativa, ya se presentan conflictos por uso y asignación del agua en el país, los cuales deben ser estudiados y corregidos para evitar que la presión sobre el recurso hídrico llegue a limites donde los perjuicios socio-ambientales sean irreparables.

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En el territorio colombiano, en promedio, cada año precipitan 3.4 billones de m3 de agua, se evaporan 1.1 billones de m3 y escurren por los cauces de los ríos 2.3 billones de m3. Esta aparente riqueza se conjura al entender que estas cifras son los totales de oferta hídrica del territorio nacional, los cuales se distribuyen en Colombia de forma no uniforme, de modo que en distintas zonas hidrológicas del país varían desde 11.000 millones de metros cúbicos en la Guajira hasta 160.000 millones de metros cúbicos en la zona hidrológica Atrato-Darién. Del mismo modo la disponibilidad per cápita nacional de 50.000 m3 de agua por habitante al año se diluye en cifras más modestas cuando es calculada en entornos regionales.

Así, por ejemplo, la disponibilidad per cápita en la parte alta de la cuenca del río Magdalena es tan solo de 3.000 m3 por habitante año, cifra que ya es considerada crítica entre los expertos que estudian los indicadores de presión sobre el recurso hídrico. De forma contradictoria, la disponibilidad per cápita para la zona hidrológica de la Guajira es cercana a 11.000 m3 por habitante al año, muy superior a la del Alto Magdalena. Esto se debe a las diferencias en densidad poblacional de cada una de estas zonas y a sus distintos valores de oferta de agua. Sin embargo, los niveles de prestación del servicio de abastecimiento de agua potable en La Guajira son más precarios que los mismos en la zona hidrológica del Alto Magdalena.

Cifras intrigantes se presentan al comparar la disponibilidad per cápita de Bogotá con la de Riohacha. De acuerdo con la oferta natural de agua y la población de Bogotá, su disponibilidad per cápita de agua es cercana a los 300 m3 por persona al año, mientras que la de Riohacha redunda cerca de los 8.000 m3. La cobertura de agua potable en Bogotá supera con creces la de Riohacha, ciudad que cuenta con una disponibilidad de agua por lo menos 25 veces mayor que la de Bogotá.

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Este hecho deja en evidencia que la abundancia y escasez de agua pueden ser aparentes en función del alto o bajo desarrollo en la gestión del recurso hídrico regional y local: disfrutar de un gran volumen de oferta de agua no significa nada si no se cuenta con la infraestructura necesaria para su adecuada gestión. Tener una baja oferta de agua es algo manejable si se cuenta con las herramientas de gestión y los niveles de desarrollo adecuados para enfrentarla.

Para implementar sistemas de gestión satisfactorios es necesario invertir en infraestructura, en sistemas de uso eficiente del agua y en la promoción de la cultura del agua. En asentamientos con bajo nivel de desarrollo económico, el déficit de recursos de inversión es muy frecuente y bloquea el progreso en el uso sostenible del agua. Al mismo tiempo, el bajo nivel de desarrollo de los recursos hídricos desestimula la atracción de inversiones para asentamientos de bajo producto interno bruto, creando un círculo vicioso que sólo se puede romper integrando intervenciones de los niveles de toma de decisión locales, regionales y nacionales. Estas deben garantizar la implementación de una gestión institucional y participativa en favor de una administración que reconozca los avances científicos en gestión del agua, pero también los métodos de gestión configurados de forma adaptativa por las comunidades y actores que se benefician del líquido en las distintas condiciones hidroclimáticas y ecosistémicas que ofrece el territorio colombiano.

*profesor asociado y director del Departamento de Ecología y Territorio. Facultad de Estudios Ambientales y Rurales. Pontificia Universidad Javeriana.

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