*Abogada y periodista.

India se independizó del Imperio Británico, Harry S. Truman anunció que apoyaría la construcción de la bomba de hidrógeno, el Dalai Lama escapó de la invasión china, se realizó exitosamente el primer trasplante de riñón, William Faulkner ganó el Nobel de Literatura y Disney estrenó Cenicienta. Pero sin que nadie lo percibiera ni lo pudiera detener, en ese año empezó un periodo que cambió radicalmente la historia del hombre en la Tierra. En 1950 se inició la Gran Aceleración.

Eso concluyó un grupo de investigadores liderado por el profesor Will Steffen, en un proyecto conjunto del Programa Internacional Geosfera-Biosfera y del Centro de Resiliencia de Estocolmo. Luego de analizar 12 indicadores que reflejan la actividad humana desde 1750 –cuando comenzó la Revolución Industrial–, obtuvieron un hallazgo revelador. La población global y urbana, el transporte, las telecomunicaciones, el uso de fertilizantes, la construcción de grandes represas, el turismo internacional, la producción de papel, la inversión extranjera directa, el PIB y el consumo de agua y de energía primaria, venían creciendo a paso constante hasta que en 1950 tuvieron una suerte de explosión. Desde ese año todo continúa en aumento, pero de forma exponencial.

Mis padres nacieron en 1957, justo al comienzo de la Gran Aceleración. Ellos, al igual que sus contemporáneos, crecieron en una época de bonanza, en la que los recursos parecían ilimitados y en la que todo era permisible, incluso actos tan irracionales como realizar pruebas atómicas en el Pacífico y en el Sahara. Esa fue la generación del despilfarro: gastaron sin parar y nadie preguntó por la cuenta de cobro.

Esos mismos investigadores también analizaron 12 indicadores que mostraban el estado de los sistemas terrestres. La correlación era evidente. Desde mitad del siglo XX, la degradación de la tierra, la pérdida de bosque tropical, la acidificación del océano, el agotamiento de la capa de ozono, la pesca y acuicultura, la polución costera con nitrógeno, la temperatura, y las emisiones de carbono, dióxido nitroso y de metano, aumentaron de forma descontrolada.

“Después de1950 podemos ver cómo los cambios en el sistema terrestre están directamente ligados a los cambios en el sistema económico global”, afirmó Steffen al revelar los resultados de la investigación. “Este nuevo fenómeno nos indica que la humanidad tiene una nueva responsabilidad global con el planeta”.

Cada año se publican cientos de informes advirtiéndonos sobre la transgresión de límites planetarios. Aun así, no logramos interiorizar esas advertencias. Nos criaron con la mentalidad de la abundancia y somos incapaces de ver la escasez ante nuestros ojos. Por eso, gastamos más de lo que tenemos, vivimos a crédito y los científicos no se cansan de repetirnos que consumimos un planeta y medio a pesar de que solo tenemos uno. Ya va siendo hora de despertar.

Necesitamos pensar y tomar decisiones diferentes a las de nuestros padres. Tenemos que cuestionarnos, como individuos y como sociedad, esas creencias arraigadas que parecen inquebrantables. Nuestra obsesión por el crecimiento del PIB, la confianza ciega en las soluciones de mercado, el ideal de la producción y el consumo masivo, para poner solo unos ejemplos. Tenemos que preguntarnos, desde el gobierno, la academia, el sector privado y la sociedad civil, ¿cómo podemos frenar la gran aceleración y construir un modelo diferente, mejor y acorde a nuestra realidad?

Me gustaría ver este debate en el corazón de la sociedad. Nuestra generación ya no puede despilfarrar. Si lo hacemos, será a costa de incrementar la pobreza de los otros.

Tenemos que actuar para evitar la tragedia. Ya no vivimos en 1950: no podemos ahogarnos en la escasez solo porque erróneamente creemos que vivimos en la plenitud. 

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