| 2014/06/06

Lluvia bogotana, lado B

Bogotá tiene serios problemas de bipolaridad. Usted se levanta y el sol resplandece por entre los cerros. Abre su armario y escoge una blusa que deje al descubierto sus brazos, y, ¿por qué no? parte de su pecho, porque, evidentemente al medio día va a estar asada.

*Economista de la Universidad de los Andes con una Maestría en el Imperial College de Londres.
*Economista de la Universidad de los Andes con una Maestría en el Imperial College de Londres.

Disfruta el calor del medio día al aire libre. Feliz de haber tomado la decisión acertada de ir a la oficina como si estuviera merodeando en Melgar. A las cuatro de la tarde la cosa comienza a cambiar de color. El cielo se torna entre gris pálido y azul desteñido y usted la ve venir. Es la lluvia. La lluvia inclemente que hará que el saquito de hilo que llevó al trabajo le sirva solo para cubrirse el blower, y eso, si se salva del agua que caerá como si tuviera que regar todos los árboles de Cundinamarca.

Así, tal cual me sucedió hace ocho días. Salí de la oficina, dispuesta a irme caminando porque ningún taxi se apiada de un alma a las seis de la tarde en el sector de oficinas más concurrido de Bogotá. Y montarse en un bus es una tragedia griega. El ánimo y el olor de quienes a veces debemos hacer uso de este medio empeoran considerablemente cuando llueve, como todo en esta ciudad.

Así que, decidida a mojarme, salí caminando a mi casa y entre charcos que me recordaban que mis pies pueden llegar a congelarse y conductores “amables” que no tienen reparo en producir olas, ¡realmente olas!, con el paso de sus llantas por el asfalto mojado, pensé que debía lavar mi carro con agua de lluvia. ¿Por qué no? ¡Si el agua estaba cayendo a cántaros! Y mi carro tenía una estela de polvo fino, pues taladraron el parqueadero de mi edificio y el único carro que no había pasado por una manguera era el mío.

Apresuré el paso apenas fui consciente de la genialidad de mi idea. Saqué el carro y lo dejé frente a la portería. Mi plan consistía en dejar que la lluvia le arrebatara el polvo, un buen rato, y cuando las gotas fueran menos agresivas saldría a secarlo con un trapo.

Y así sucedió. Sin pudor bajé en pijama a secar mi carro. El agua de la lluvia, en efecto, le había quitado el polvo. Ahora sería cuestión sólo de secarlo. En mi humilde opinión el auto quedó perfecto. No me gasté un centavo, no perdí mi tiempo esperando que saliera del lavadero de carros y me sentí, por un segundo, una buena ciudadana.

Claro, no, todo salió de la mejor manera. Dos días después me percaté de algunas manchas estampadas en los vidrios. Tendré que pasarle jabón por lo menos a esta parte, pero, eso sí,  la idea de lavar bajo la lluvia no resultó una juego infantil (como llegué a pensarlo), puede ser, comprobado, una práctica útil.

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