*Director de Conservación WWF Colombia

Para la mayoría de los humanos contemporáneos, acostumbrados a los vertiginosos cambios que se producen en los espacios urbanos, los paisajes rurales y silvestres son como estampas inmóviles dentro de las cuales transcurre la existencia. Sin embargo, esta estabilidad es apenas una ilusión que la limitada percepción y la aún más escasa memoria histórica propias de nuestra especie no permiten develar.

En realidad, los ecosistemas son altamente dinámicos pues su existencia está determinada por flujos de materia y energía, lo mismo que por interrelaciones complejas en permanente movimiento. Cada uno es el resultado de la combinación de los fenómenos sempiternos de la historia geológica y evolutiva con el pausado devenir de la sucesión ecológica, con catástrofes esporádicas como tormentas, vendavales, incendios o inundaciones y con los cambios – deliberados o accidentales – ocasionados por nosotros. Todos estos avatares operan a diferentes escalas de tiempo y espacio y en el largo plazo desembocan en configuraciones cuyos cambios espontáneos nos resultan casi imperceptibles. 

Por otra parte, los seres humanos nos hemos dado maña para modificar los paisajes a lo largo y ancho del planeta, de forma tal que sus atributos distintivos corresponden más a los sistemas de producción de sus habitantes que al resultado de procesos en los que no tenemos injerencia. Pues a medida que las sociedades expanden su dominio sobre los espacios silvestres, la composición y estructura de los ecosistemas se simplifican con la implantación de un puñado de especies exóticas de las cuales dependen sus medios de vida y sus economías. Y como las modificaciones causadas en los ecosistemas por la acción antrópica suelen ocurrir de manera episódica, cada generación crece con una visión del mundo equivalente en gran medida a la fisonomía dominante del paisaje inmediato durante los períodos de estabilidad aparente.  

Como resultado, la idea de naturaleza de los habitantes de cada región, en una época determinada, se construye en gran medida a partir de la imagen colectiva de sus espacios rurales. Así como para los Bogotanos de hoy este imaginario está asociado a las verdes praderas de pasto kikuyo bordeadas por cercas vivas de eucaliptos y punteadas aquí y allá por floridos matorrales de retamo espinoso, para los habitantes del viejo Caldas los cafetales y plataneras dominan su estereotipo de paisaje rural y silvestre. Cada paisaje cuenta entonces una historia de transformación intencional de los ecosistemas en la que, de manera irremediable, hubo algún grado de erosión de la biodiversidad. 

Muchas de estas representaciones han sido errores crasos de lectura del entorno y otras se han desarrollado como casos de manejo adaptativo en cuya consolidación fue posible emular de alguna manera atributos originales de los ecosistemas que las precedieron y mantener bienes y servicios valiosos. Pero aún en el mejor de los casos, la generación de todos estos paisajes pagó un precio en unidades de pérdida de integridad ecológica y, adicionalmente, tuvo un sobrecosto inadvertido. 

Una vez la sociedad asume un paisaje transformado como representación de su imaginario de naturaleza, esa noción colectiva se convierte en la vara con la que medirá en el futuro los nuevos cambios que sin duda habrán de venir. Y al tomar como valores deseables los atributos dominantes de estos entornos culturales, está aceptando tácitamente la pérdida de otros elementos que los precedieron. De esta forma, con el paso de las generaciones, los objetos de conservación que la sociedad quiere mantener no son más que la expresión de una base natural depauperada.

Este fenómeno, conocido como amnesia generacional, es quizás una de las más alarmantes manifestaciones del distanciamiento entre la sociedad contemporánea y el resto de la naturaleza. El desconocimiento de los fenómenos ecológicos responsables por los bienes y servicios naturales de los que depende la experiencia humana es generalizado y equiparar lo rural con lo silvestre renueva la aceptación inconsciente de entornos cuya funcionalidad es cada vez más limitada. 

Si queremos conservar lo poco que queda de la herencia natural que recibimos y devolver una parte de los ecosistemas transformados a la condición que tenía hace apenas unas cuantas décadas, es preciso asumir la responsabilidad de recuperar los vínculos cognitivos, emocionales y afectivos de la sociedad con el entorno natural. Pero este reto no solamente consiste en entender nuestra dependencia de los bienes y servicios de los ecosistemas. Implica también aceptar que hay espacios en los que la presencia humana no es aceptable, que aún el entorno más inmediato juega un papel en la trama ecológica y que si bien la restauración ecológica es útil y necesaria, jamás recuperaremos las condiciones prístinas de los ecosistemas pues hace ya mucho tiempo que abandonamos el jardín del Edén. 

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