Desde hace muchos años, ha sido costumbre referirse a los ambientalistas como “abraza – árboles”. Y por poco que nos guste, el remoquete ha hecho carrera gracias a las exageradas manifestaciones biofílicas de algunos militantes de nuestras filas. Después de todo, no es inusual que el amor por la naturaleza se torne en antropomorfismo y alguien termine por atribuir a las plantas la capacidad de captar e incluso, entender las expresiones humanas.

Hay quienes literalmente abrazan árboles o conversan con las plantas que cultivan, convencidos de que, al hacerlo, estimulan su desarrollo. Esta práctica, más común de lo que uno pudiera imaginar, es una verdadera justificación del extendido apodo y hace que incluso algunos ambientalistas nos sumemos a veces a quienes contemplan con desdén tales excesos.

En primer lugar, las plantas carecen de sistema nervioso y órganos de los sentidos – homólogos o análogos a los humanos – y esa carencia hace más que improbable que puedan, no solamente entender nuestras expresiones de afecto, sino incluso percibirlas. La “buena mano” con las plantas no es más que sensibilidad hacia sus necesidades, traducida en un cuidado especial que da como resultado su crecimiento saludable y frondoso.

O al menos eso sostuve hasta ahora. Mi entrenamiento formal de biólogo, enmarcado en el empirismo lógico, me impide dar crédito a afirmaciones no verificables y por lo tanto he rechazado sistemáticamente cualquier aseveración sobre la capacidad comunicativa en el reino vegetal. Pero ningún conocimiento es monolítico y, precisamente por seguir ese precepto, me veo ahora obligado a aceptar nuevas evidencias que sugieren la existencia de distintas formas de comunicación en el mundo de las plantas.

En años recientes, distintas líneas de investigación han producido un número creciente de observaciones de transmisión y recepción de mensajes de varios tipos por diferentes especies vegetales y, lo que es aún más sorprendente, de respuestas específicas a los mismos. No son simplemente los diseños, colores y aromas de las flores y los frutos que atraen a los animales que las polinizan o que dispersan sus semillas. Se trata de mecanismos mucho más elaborados que nos llevan a revisar la idea de que la comunicación es un proceso restringido al reino animal.

Por ejemplo, aunque desde hace mucho tiempo sabemos que las plantas tienen relaciones simbióticas con hongos que viven asociados con sus raíces, jamás sospechamos que a través de esa red subterránea pudieran ellas enviar y transmitir mensajes. Hace poco se demostró, en los laboratorios de la Universidad de Aberdeen, que una planta que es atacada por insectos envía una señal química a través de sus raíces que provoca en sus vecinas la producción de sustancias que repelen a los insectos dañinos.

Otro caso, que también parece involucrar la emisión y recepción de señales químicas, fue demostrado en una popular hortaliza. Cuando una planta de arveja sufre un déficit de humedad, no solamente cierra sus estomas – las células a través de las cuales respiran las plantas – evitando perder más agua, sino que además transmite un mensaje a sus vecinas que, en respuesta, también cierran sus células ante la amenaza de sequía.

Aunque en ninguno de estos dos ejemplos pueda demostrarse la intencionalidad de la producción de “mensajes”, es necio negar que se cumplen las demás condiciones que caracterizan un verdadero proceso comunicativo desde el punto de vista biológico. En ambos casos hay un emisor, un canal de comunicación, un mecanismo de recepción y una respuesta específica que beneficia, cuando menos, a uno de los sujetos involucrados.

Aparte de estas y otras evidencias de transmisión y recepción de señales químicas, la literatura científica reciente contiene numerosos ejemplos que sustentan la idea de comunicación en el reino vegetal. Mecanismos táctiles, transmisión de impulsos eléctricos, producción y recepción de sonidos, respuestas diferenciales a distintos tipos de estos estímulos, e incluso cierta capacidad cognitiva, como sería de esperar en organismos capaces de comunicarse.

La admisión de la existencia de estos procesos en el reino vegetal abre una enorme ventana a la investigación y a nuevas formas de conocimiento. Este caudal de información biológica no apoya la idea de comunicación bidireccional entre plantas y seres humanos, pero al menos nos obliga a mirar a aquellas de una manera diferente. Y por eso, aunque mi curiosidad por el “comportamiento” de las plantas aún no me mueve a abrazar árboles, debo reconocer que renueva, una vez más, mi fascinación por el mundo natural.