El próximo 7 de mayo se juega la ronda final de las elecciones presidenciales en Francia. La contienda entre Emmanuel Macron, candidato independiente de centro y nueva estrella en la política gala, y Marine Le Pen del Frente Nacional, partido de extrema derecha, tiene al mundo en vilo. No sólo se juega el futuro de Europa como la conocemos: también el futuro del planeta está en juego.

Le Pen representa la opción nacionalista. Capitalizando sobre los atentados terroristas recientes como otros líderes de la ultra-derecha, aboga por una Francia volcada hacia adentro, con prioridad para los nacionales en empleo, vivienda y seguridad social, y un recorte drástico en las cuotas de inmigrantes. Ha expresado su voluntad de renegociar con la Unión Europea (UE) la “total soberanía”, incluyendo el regreso del Franco, y le apunta a un referendo “in-out” a la Brexit para Francia. Y aunque ha guardado prudente silencio ante preguntas sobre el Acuerdo de París sobre cambio climático, su partido ha rechazado el acuerdo. La candidata se ha limitado a mencionar que el asunto “requiere de una discusión”.

Macron nunca ha sido elegido a un cargo de elección popular. Se posicionó como la única opción viable de centro tras el escándalo de corrupción en que quedó envuelto su principal contendor, François Fillon. Es pro-Europa y neoliberal, enfocado en reducir el gasto público e incentivar la inversión, cortar los impuestos al emprendimiento, y reformar el sistema de desempleo. Su propuesta de política energética es por su parte clara: quiere sacar a Francia de las energías fósiles, y cerrar todas las plantas termoeléctricas durante su mandato. Se propone continuar impulsando la implementación acelerada del Acuerdo de París como prioridad de su política exterior.

Esta última diferencia entre los candidatos no es menor. Francia es uno de los tres (próximamente dos, tras el Brexit) miembros grandes e influyentes al interior de la Unión Europea. Con Francia liderando las negociaciones que desembocaron en el Acuerdo de París, y Alemania siendo el tradicional líder en asuntos climáticos, el frente común al interior del bloque ha sido cuando menos instrumental para presionar a Polonia y sus aliados del este que siguen buscando oportunidades para seguir usando carbón sin restricción alguna.

Francia ha sido además la punta de lanza de la diplomacia internacional del cambio climático. Tras haber conducido con particular habilidad la negociación multilateral del Acuerdo de París que llevaba dos décadas con avances tímidos, el cuerpo diplomático francés ha continuado la ofensiva para hacer el acuerdo una realidad. Impulsó la ola de ratificaciones haciendo que el tratado entrara en vigor en tiempo récord, y ha sido vehemente en la promoción de su implementación temprana.

Un timonazo “à la Trump” en Francia sería desastroso para el clima. Desestabilizaría cada vez más el frágil equilibrio al interior de la UE, abandonando a una Alemania cada vez más desgastada, y rebalanceando posiciones a favor de Polonia y sus aliados. Cuando nos quedan tres años para alcanzar un punto de inflexión en las emisiones globales, y ad portas del “cómo vamos” global que bajo la plataforma del Acuerdo de París tendrá lugar en 2018 (conocido como el “Global Stocktake”), una UE débil y sin posiciones ambiciosas puede cambiar por completo el ajedrez multilateral en la materia. En últimas, arriesgaría peligrosamente el futuro del régimen internacional de cambio climático y sus posibilidades de contribuir a la economía limpia del siglo XXI. 

*Isabel Cavelier Adarve es co-fundadora y co-directora de Transforma, organización que busca incidir en procesos de toma de decisión públicos y privados para la promoción del desarrollo sostenible. Es asesora senior en Mission2020 para asuntos financieros. Representó a Colombia en varios procesos multilaterales sobre desarrollo sostenible y medio ambiente, incluyendo el Acuerdo de París. Autora de varios artículos y libros sobre política exterior, cambio climático, finanzas climáticas, igualdad de género y derechos humanos. 

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