*Presidente del Grupo SURA.

Hoy es frecuente encontrar debates sobre la mujer, su rol en la sociedad y las condiciones de inequidad que la rodean. Estas no son cuestiones menores y aunque los argumentos parecieran fáciles de esgrimir, se cruzan con ideales y realidades que aún se contradicen en pleno siglo XXI.

Es cierto que somos testigos de un incremento de mujeres en las aulas y en las empresas. Puede afirmarse que ellas están presentes en los procesos más relevantes de la sociedad, tanto en lo privado como en lo público. Pero también lo es que la igualdad sigue siendo un reto importante.

Diferentes estudios demuestran que cuando la mujer tiene mejores ingresos, estos se ven reflejados en forma más significativa en el bienestar de la familia, con un consecuente impacto positivo en la dinámica social y económica. Ahora bien, debemos reflexionar, entre otras cosas, sobre la calidad de las condiciones en las que se están generando esos ingresos, ya que las estadísticas dan cuenta de un mayor desempleo en las mujeres que en los hombres, y debemos pensar la empleabilidad no solo en los números, sino en los estándares laborales con los que se alimenta la cifra: equidad salarial, informalidad, equilibrio en las jornadas, entre otras.

A esto se suma la mayor exigencia que enfrentan gran parte de las mujeres para cumplir diversos roles en su vida cotidiana. Cifras recientes del Dane y ONU Mujeres indican que ellas trabajan a la semana, en promedio, 10 horas más que los hombres. En oficios no remunerados, como limpieza y labores del hogar, la relación es de 7 horas 23 minutos al día, frente a 3 horas 10 minutos. 

Es importante entender que la diferencia entre hombres y mujeres es un ejercicio biológico de complementariedad y equilibrio, no la contraposición entre la razón y la emoción, la fuerza y la debilidad, el pragmatismo y la complejidad. Hoy las empresas valoran más que nunca el aporte fundamental de la sensibilidad y la mirada femenina en escenarios directivos, por ejemplo. 

En este contexto, y pensando además en su papel fundamental de cara al posconflicto en Colombia, preocupa que aún las mujeres estén reclamando sus derechos, que la violencia contra ellas aumente y en muchos casos se justifique, y que se desconozca que nuestro país ha sido alimentado y tejido por una población femenina sacrificada y excluida.

No basta decir que hay más mujeres que estudian o trabajan, sino en qué condiciones y con qué oportunidades están accediendo a procesos de movilidad social ascendente. De ahí se derivan asuntos que exigen una mirada más centrada en responder con pertinencia a lo que por derecho propio les corresponde en su rol social y familiar, para superar las herencias culturales que sin darnos cuenta perpetúan la inequidad entre sexos, y aplazan las oportunidades de un verdadero desarrollo sostenible.

*Presidente del Grupo SURA.  

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