Ayer, el Concejo debatía el delicado estado de Capital Salud, la principal proveedora de servicios médicos de Bogotá para la población más pobre de la ciudad. De un momento a otro, la sesión fue suspendida por propuesta de uno de los concejales, Armando Gutiérrez, que le recordó a la concurrencia el compromiso de condecoración que había con el Rey Vallenato. La decisión de cancelar el debate fue unánime y sin voces de protesta, primero lo primero.

Justo al lado del que presidía la sesión, posaba cándido, apoyando con naturalidad su brazo en el atril, Rodrigo Castro, expresentador de un programa de chismes y hoy Secretario General de la Corporación. De seguro capacidades no le faltan, pero el que me lee sabrá reconocer el toque de delicado humor que le agrega a la pintura. La sesión terminó de la única manera que merecía terminar: parranda vallenata a las afueras del edificio.

Fue el mismo colegiado Gutiérrez, tan afanado, tan aburrido, tan comprometido con la cultura, el que sesionó con mano en pecho hasta entrada la medianoche de un lunes festivo, en un pacto con el deber, para poder aprobar la venta de la ETB. Fue ese mismo concejal el que soportó soporíferas sesiones de 11 horas, cuando se trató de la aprobación del Plan de Desarrollo propuesto por el Alcalde, con una votación además lapidaria: 35 a 5.

En teoría, los concejales están sentados en sus puestos o de píe en sus atriles como parte del juego que aceptamos en nuestra condición de ciudadanos, el de la representación, el de considerar que, al no ser viable conciliar 9 millones de opiniones, se le otorga dicha facultad a un grupo de hombres y mujeres que, por su sensibilidad para traducir el clamor popular, resultan los más idóneos para debatir y decidir las cuestiones importantes de una ciudad.

En teoría, escribo, porque la distancia que la separa de la realidad es aun mucha y se hace tristemente clara con la lógica que opera en los hechos descritos: en tanto lo que motive la discusión sea rentable y vendedor, bienvenida. Si no lo es, preferimos condecorar a un Rey Vallenato antes que seguir debatiendo sobre el grave estado de Capital Salud, la proveedora de servicios médicos para la población más pobre de la ciudad.

 *Antropólogo

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