| 2012/11/28

Minería y medio ambiente, el dilema no es tan falso

No es responsable afirmar que en algunos sitios la minería no causa daños ambientales. Nadie discute que es una actividad indispensable y generadora de empleo y de riqueza, pero no toda tiene esos atributos y ni siquiera es necesaria.

Nadie discute que la minería es una actividad indispensable y generadora de empleo y de riqueza. Pero no toda la minería tiene esos atributos ni es siquiera necesaria.
Nadie discute que la minería es una actividad indispensable y generadora de empleo y de riqueza. Pero no toda la minería tiene esos atributos ni es siquiera necesaria.

Hay gente que por ligereza, por desconocimiento o por irresponsabilidad, trata de lucirse o defender sus intereses diciendo que la oposición entre minería y medio ambiente es un falso dilema. Nada más equivocado que esa afirmación. Clarísimo que hay sitios y formas de hacer minería sin causar graves daños al medio ambiente, sin correr altos riesgos de causarlos y con indiscutibles posibilidades de mitigar o compensar lo leve que se cause.

Pero también es innegable que hay muchísimos sitios cuyas características hacen imposible lograrlo. Se dice también que países como Chile, Perú, Bolivia y Argentina tienen gran desarrollo minero sin mayores problemas. Pero se olvida o se omite el hecho de que esos desarrollos son en territorios desérticos, escarpados, absolutamente secos e improductivos en otro uso. Cosa parecida sucede con los carbones de La Guajira y de Cesar, aunque en varios casos generan ciertos problemas que se puede y se debe controlar. Y las tecnologías que se utilizan en esas regiones no se pueden trasladar así no más a nuestras tierras tropicales.

Evidente también que la minería ilegal es, por ese mismo hecho, destructiva: no cumple normas ambientales. Y toda esa minería es de pequeña o mediana escala, aunque no toda la minería artesanal o de pequeña y mediana escala es ilegal. Es más, programas como el del Oro Verde certificado son ejemplo a nivel mundial. Tampoco es válido afirmar o creer que toda la minería a gran escala, por el solo hecho de serlo, es absolutamente responsable con el ambiente y no va a causar gravísimos e irreparables daños.                                                              

No es respetuoso ni responsable con el medio ambiente explorar siquiera en zonas de páramo (¿para qué?). Tampoco lo es destruir bosques primarios y humedales como se está haciendo inmisericordemente
para sacar oro en el Chocó Biogeográfico. O remover grandes extensiones de tierra agrícola o cultivable, como se pretende hacer también para oro en decenas de miles de hectáreas en tantas partes del
país. O metérsele por debajo con laberínticos túneles que destruyen acuíferos. Y consumir grandes volúmenes de agua que se requiere para otros usos. O degradarla con mercurio, con cianuro y con sedimentos.

¡No! Esos daños no son tolerables ni en pequeña ni menos en gran escala. Nadie discute que la minería es una actividad indispensable y generadora de empleo y de riqueza. Pero no toda la minería tiene esos atributos ni es siquiera necesaria. Un elevadísimo porcentaje de los grandes daños ambientales son generados por extracción de oro en minas destructivas existentes y lo serán además por grandes
explotaciones que se autoricen con los problemas descritos. Y lo grave es que tendremos entonces más producción de oro, la que más problemas trae y cuyos beneficios reales para la economía son más reducidos.
 
Más bien negativos, por los costos ambientales, más altos que todo el valor de la venta de ese oro, y por los costos económicos que acarrea el torrente de divisas, de vano o muy poco valor, y esterilizadores de otros sectores de la economía por la revaluación y por la pobreza y la mala calidad del PIB que genera.
Por todo lo anterior, y por otras evidentes razones económicas y de equidad, el oro debería pagar regalías crecientes con el precio.

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