Hace un par de meses, cuando apareció en el mercado el juego Pokémon Go, muchas personas comentaron el parecido de sus usuarios con los pajareros. En realidad, hay poca diferencia entre los dos, pues unos y otros circulamos por el mundo como si estuviéramos envueltos en una burbuja, atentos a la más leve señal de la aparición de alguno de nuestros objetos de interés, esperanzados de encontrarlos a todos.

Pero la semejanza va mucho más allá. En primer lugar, la afición obsesiva de los jugadores de Pokémon y la de los pajareros, son del mismo calibre. Al fin y al cabo, para atraer a sus clientes los creadores de la aplicación electrónica apelaron al tipo de curiosidad que distingue a los naturalistas en general y a los observadores de aves en particular. El afán por descubrir lo oculto y coleccionar de alguna forma los instantes de júbilo de un nuevo hallazgo, son dos de los rasgos que identifican este comportamiento.

Otro elemento que acentúa la similitud entre cazadores de pokemones y pajareros, es el uso que ambos hacen de lo que se conoce como realidad aumentada. Mientras los primeros procuran detectar con sus teléfonos inteligentes la “presencia” de un objeto virtual en un escenario de la realidad física, los segundos cotejan el aspecto de un bicho real o los detalles de su canto con imágenes electrónicas o cortes acústicos almacenados en una tableta o en un teléfono celular.

Con el auge de la fotografía digital, muchos observadores de aves no consideran completo un registro hasta no conseguir una imagen del mismo y guardarla en la nube virtual de datos de la red. Ese procedimiento acerca aún más la práctica de la pajarería contemporánea a la experiencia del juego de moda, pues el almacenamiento electrónico del encuentro entre una persona y sus objetos de interés – virtuales o reales – en esencia es el mismo.

Además de curiosos, estos parecidos son interesantes desde el punto de vista de las relaciones entre seres humanos y el resto de la naturaleza. En un mundo que se torna cada vez más artificial, es de alguna manera esperanzador que los millones de seguidores de un juego electrónico, en lugar de permanecer encerrados bajo techo, circulen ampliamente mientras buscan seres virtuales. Ese deambular, combinado con la atención constante a señales inesperadas de la aplicación, eventualmente podría hacerlos más sensibles a un entorno del cual la sociedad de consumo nos ha apartado durante décadas.

Al mismo tiempo, la dependencia creciente de los pajareros con la parafernalia electrónica que utilizan, ofrece la posibilidad de que la experiencia vital del encuentro entre humanos y otros seres vivos sea compartida ampliamente y atraiga muchos más adeptos. Para una inmensa mayoría de habitantes de espacios urbanos, el primer contacto con la naturaleza está mediado por un computador. Por eso, el puente tendido por quienes combinan los espacios cibernéticos y la comunión frecuente con la vida silvestre, ofrece la oportunidad de enriquecer la experiencia vital de una sociedad limitada por los condicionamientos del consumo.

Pokémon Go, por ejemplo, ofrece a sus usuarios la posibilidad de encontrar y capturar 150 seres virtuales distribuidos en numerosos espacios reales, lo que probablemente brinde una diversidad de experiencias mayor a la que tiene una inmensa mayoría en sus actividades cotidianas. Mientras tanto, los pajareros habitantes de muchas ciudades colombianas tenemos la oportunidad de encontrar, sin salir de las respectivas áreas metropolitanas, un número muy superior de especies de aves: 400 en Manizales, 388 en Pereira, 350 en Cali, 337 en Bogotá y 285 en Medellín, según datos de la plataforma virtual eBird.

El descubrimiento de la naturaleza a través de la interfaz de la realidad ampliada plantea además grandes oportunidades para el desarrollo de una ciencia ciudadana. Así como los pajareros – independientemente de su profesión u oficio – hacen importantes contribuciones al conocimiento de las aves silvestres a través de sus registros, los millones de personas que circulan a diario armadas de teléfonos inteligentes, podrían capturar con ellos mucho más que seres virtuales.

Si bien es cierto que el planeta que habitamos está cada vez más transformado a consecuencia de la actividad humana, también lo es que este cambio hace necesario desarrollar nuevas maneras de interactuar con la “nueva” naturaleza que nos acompaña. Y un primer paso en ese desarrollo debe ser el mismo que ha motivado a los naturalistas desde siempre y que es indistinguible de la pasión que mueve a los cazadores de pokemones: estar siempre con los sentidos alerta pues nunca se sabe cuándo ni en donde habrá de aparecer el próximo hallazgo.

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