En la medida en que las conversaciones de paz tienen pruebas tan difíciles como la que estamos viviendo por cuenta del escalamiento del conflicto en Cauca, Putumayo, Chocó, Nariño y otras regiones del país, una idea me ha hecho cuestionar el porqué es necesario que se acabe la guerra: los niños. 

De acuerdo con cifras de la Defensoría del Pueblo cerca del 25% de los niños del país abandonan sus estudios por temas de reclutamiento forzado.  Se me vienen miles de preguntas a la cabeza entre ellas: ¿Qué va a pasar cuando estos niños sean adolescentes, adultos? ¿Cuál va a ser su proyecto de vida? Qué preguntas tan difíciles de responder y más si se tiene en cuenta que la niñez no es responsabilidad exclusiva del ICBF o del Estado y sus instituciones, es responsabilidad de todos. 

Más allá del crecimiento económico, el proteger a los niños de todo este tipo de abusos es un tema que debería trasnocharnos. Es una idea de sentido común: si un niño o niña se educa en medio de la guerra y aprende que las armas son la solución, las probabilidades de que ese individuo crezca sin abarcar otras iniciativas de vida se van diluyendo. No es fácil y seguramente, decenas de entidades y personas están haciendo algo, pero me he convencido en los últimos meses que debemos trabajar por evitar que esta situación siga ocurriendo.

Hace algunas semanas, en una sesión de la comisión de derechos humanos en el Congreso de la República, una de las conclusiones era que no sabíamos cuántos niños estaban a ciencia cierta enlistados en grupos armados. Y aunque es fundamental tener una cifra y sistemas de información adecuados, necesitamos políticas públicas claras y protocolos de atención efectivos que den luces sobre cómo tratar a esta población en el marco de la justicia transicional.

 Así, en el mes de rechazo a todas las formas de trabajo infantil, me parece fundamental recordar que allá en la selva, hay niños y niñas que nos están esperando. 

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