*Integrante de Value4chain y PeaceStartup

Confesarse es un asunto complejo. Hay impresiones (e imprecisiones) históricas inevitables. Lo primero que debo dejar claro que no me considero un experto en paz, sino un ciudadano comprometido.

La paz ha estado en mi vida por 15 años. Hablar de sostenibilidad o Responsabilidad Social Empresarial en Colombia pasaba por hablar del conflicto. Luego fui a estudiar a Barcelona a la Escola de Pau y aprendí de conflictos en el mundo, así pude mirarme menos el ombligo. Finalmente, para unir muchas ideas de diversos equipos emprendedores fundamos (desde BHR y Value4chain) Peacestartup. El cierre es que un comité de premios Nobel, el año pasado, me concedió un honor y una responsabilidad: me premio por el trabajo en la relación entre empresas y paz.

Desde el comienzo he seguido los acuerdos, así como sigo cualquier tema de actualidad; como sigo el Fintech, o los Olímpicos de Rio. Pero desde el año pasado con mucha seriedad, pues en muchos foros locales e internacionales tuve la oportunidad de expresas mi opinión lo hacía intentando entender lo básico.

Confieso que no entiendo todos los acuerdos. De alguna forma al menos los he leído, pero hay tecnicismos jurídicos e implicaciones políticas con las que me quedo corto.

Confieso que siempre los he leído como un avance, me cuesta afinar el ojo crítico. Los leo como nuevos argumentos para fortalecer mi tesis de que este proceso vale la pena. Imagino que también les pasa a los que ya hace rato no creen en el proceso. La ambigüedad de los acuerdos, como todo texto escrito, permite interpretación y por lo que leo en la prensa y en redes sociales; la idea es hacer ganar nuestra tesis inicial. La ambivalencia de un proceso de paz, por definición, implica verse a sí mismo en la lectura y fastidiarse por algunas consecuencias.

La idea de una paz negociada ya de por sí se me antoja antipática y un contrasentido, pues todos sabemos que la paz es algo del día a día, que se hace en la casa, en la familia y en lo público; con servidores públicos honestos y una visión compartida de país.

Confieso que a mí los líderes políticos que tenemos me son antipáticos. Pertenezco a una clase de personas que desconfía de ese tipo de figuración política.

Confieso que creo que un país en paz requiere otro liderazgo; con ética y un poco de amor por lo público todo esto sería más fácil. Confieso que me parece simple: cuidar el país como su propia casa y argumentar en el debate público solo con la verdad y la razón. Pero no es fácil.

No tenemos esa clase de gobernantes. No tenemos un proceso de paz perfecto y ni siquiera una economía en su mejor momento o los vecinos ideales. Tenemos una larga lista de corruptos, en todos lados.

Confieso que medio de todo esto me emociono al obligarme a hablar de paz, a pedir que leamos los acuerdos.

Hay que leer los acuerdos, pero quizá les quede mucho por entender, pues los textos no podrán describir nunca si las FARC o el gobierno han sido sinceros. El problema objetivo de la guerra es que todo se vale. Así que confieso que me da un miedo inmenso que aunque hayan menos muertos: la guerra no se acaba hasta que se acabe. Y solo se acaba cuando logremos ese diálogo que a veces resulta imposible, incluso con los cercanos.

Confieso que creo que la gente votará con el corazón, por una idea simple, sin argumentos definitivos, de que estos acuerdos hacen historia, sin muchas arandelas, por sentirse parte de un futuro que saben podría, solo podría, ser distinto.

El momento histórico importa, porque ya es un paso, un pequeño paso, un pasito para comenzar esta maratón de intentar ser más tolerantes y respetuosos con los otros.

Recomiendo leer

La carta de la profesora Nussbaum. La carta es emotiva. Me parece que como extranjera logra develar la complejidad misma de que los colombianos logremos estar más o menos de acuerdo. Nussbaum ha influído en mi manera de pensar desde hace más de diez años cuando entendí que un buen juez debe ser un poco poeta, pues no siempre los conflictos sociales se comprenden con pruebas, normas y procesos. A veces sólo queda un poco de empatía: una lectura poética de los hechos y del derecho. La carta emociona porque es nuestro momento de darle un poco de oportunidad a una lectura poética de la historia.

Esta columna de Rodrigo Uprimny en El Espectador pues describe mejor el dilema ético: Me gusta que sea sincero y no hable de acuerdos perfectos, sino señale la oportunidad histórica y el reto ético que implica el voto.

Esta columna de Hector Riveros, en la Silla Vacía, que explica muy bien la naturaleza compleja del texto escrito y de los acuerdos. Que nos hace ver que no sólo se trata de referirnos al texto, sino de confiar en el futuro, en una nueva estrategia diferente, a riesgo de equivocarnos. 

Y este artículo de Ana María Araoz, con un título que me atrajo porque lo vengo sintiendo hace 4 años: ¡Deje de argumentar! Este plebiscito será un baile de narrativas y emociones...Cuenta una historia que me ha pasado en diferentes escenarios.

¿Qué estamos haciendo?

Seguimos trabajando en PeaceStartup para pensar en soluciones tecnológicas concretas a los miles de retos que tiene la construcción de una paz estructural en Colombia y seguiremos haciéndole sin importar si gana o el sí o el no.

Estamos apoyando la iniciativa ArtxPeace. Un movimiento artístico digital para dar voz a las emociones, a la creatividad y a la expresión. Nace del compromiso de un grupo de ciudadanos colombianos interesados por aportar a la construcción de paz en Colombia. Creo que el arte puede aportar una perspectiva amplificada, emotiva y profunda sobre los retos de construcción de paz, creemos que muchos ciudadanos colombianos y otros ciudadanos del resto del mundo tienen ideas, emociones y visiones  sobre qué significa la paz, cómo lograrla, porqué y para qué. No siempre las razones son suficientes. Abrimos esta oportunidad para aprovechar el arte para expresarnos por la paz. 

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