Barack Obama. (Foto: Saul Loeb / AFP)
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Por: Sonya Angelica Diehn, directora de medioambiente de DW

Después de que Barack Obama fuera elegido presidente de Estados Unidos por primera vez, hubo una especie de regocijo colectivo entre los ambientalistas. En su discurso de nominación, Obama dijo: "Generaciones a partir de ahora podrán mirar hacia atrás y decirles a sus hijos: ‘Este fue el momento en que el ascenso de los océanos comenzó a disminuir y nuestro planeta comenzó a sanar‘". Pero esta alegría se desvaneció gradualmente, a medida que la "esperanza" de la campaña de Obama se convirtió en cinismo.

A pesar de las condiciones ideales en la primera mitad de su primer mandato –un presidente demócrata, junto con una mayoría demócrata en la Cámara y el Senado–, Obama hizo poco de aquello que prometió. En su lugar, continuó manejando esos asuntos "como  de costumbre": apertura de tierras públicas a la minería del carbón y  aumento de la perforación petrolera mar adentro. Además no consiguió suficiente apoyo para la legislación sobre límites máximos de emisiones de gases invernadero, y no pudo reunir las fuerzas suficientes para conseguir un acuerdo climático en Copenhague en 2009.

Ahora, en defensa de Obama, se debed decir que los  estándares de eficiencia de combustible e inversiones en energías renovables han mejorado. Algo que probablemente sea parte de su legado ambiental actual. Pero fue solo recientemente, hacia el final de su segundo mandato, que Obama comenzó a volver a prestarle atención al planeta.

Punto de inflexión glaciar

Su discurso del año pasado desde un glaciar en declive parecía simbolizar un nuevo despertar en pro del medioambiente. Y de hecho, desde entonces, Obama ha dado pasos decididos en esa dirección. Entre ellos, el Plan de Energía Limpia, atrapado en un limbo legal y que,probablemente, será aniquilado para siempre por la Administración Trump. La ratificación del Acuerdo de París, a la que también puede hundir en la nada la siguiente Administración, y la declaración de lo que en ese entonces era el área marina protegida más grande del mundo, frente a la costa de su estado natal de Hawái.

Del mismo modo, Obama tomó partido en el caso del oleoducto Keystone XL, finalmente vetando el proyecto de ley,  incluso tomando la medida, sin precedentes, de ordenar al Cuerpo de Ingenieros del Ejército a que negaran el permiso para construir el oleoducto Dakota Access (lo que también puede ser revertido una vez la Administración Trump comience su "orgía” petrolera).

Y ahora, el Ártico.

Demasiado poco y demasiado tarde

Está todavía por verse si ese uso del poder Ejecutivo podrá resistir a la Administración Trump. El consenso parece estar de acuerdo de que esto implicaría, por lo menos, una larga batalla legal. Y no sorprendería que el gobierno de Trump la emprendiera si se tiene en cuenta la presencia extremadamente pesada de la industria de los hidrocarburos en las elecciones que hizo Trump para su gabinete.

Y no quiero ser malinterpretada: el Ártico es ciertamente digno de protección. Es un paraíso ecológico con una increíble diversidad de especies. Y necesita protección. Los científicos y los investigadores hace tiempo que hacen sonar las alarmas sobre el calentamiento sin precedentes que está teniendo lugar allí.

Y a medida que el calentamiento global avanza, el Ártico se calienta dos veces más rápido que el resto del mundo y se derrite precipitadamente. Y esto en noviembre, cuando el hielo debería estar acumulándose. Por esta razón, no puedo dejar de sentir que el esfuerzo por proteger el Ártico es demasiado poco y llega demasiado tarde.

Es fácil juzgar a un gobierno desde el exterior y dudar de la estrategia sin conocer realmente el concepto completo que hay detrás de ella. Y hay que reconocer que Obama se enfrentó a un Congreso intransigente, paralizado por una sarta de filibusteros del Tea Party. Pero ¡caray!, Obama realmente pudo haber hecho más, más r¡apidamente, y con más ahínco. Así, debido a que priorizó la política y no el planeta, la Tierra tendrá que ser la que pague las consecuencias.

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