Hace unos meses me hice la prueba de mercurio. Tomaron un mechón de mi pelo y lo llevaron al laboratorio para determinar si estaba acumulando un metal altamente tóxico para el sistema neurológico. El resultado de 1,12 partes por millón me alarmó. Superaba ligeramente la concentración máxima de una parte por millón que recomienda la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos.

Estar fuera del rango no es sorprendente en Colombia. Según Mercury Watch, es el tercer país que más libera mercurio. La causa principal es la minería, que utiliza el metal líquido para separar el oro de las rocas o arena donde se encuentra. El mercurio contamina el aire, suelo y agua. Ahí se transforma en metilmercurio, un compuesto orgánico más nocivo que el propio metal.

Colombia es el vigésimo productor de oro a nivel mundial, pero 88% de sus exportaciones provienen de la minería ilegal. Entre 2013 y 2015, el Sistema Nacional de Vigilancia en Salud Pública reportó 1.126 casos de intoxicación por mercurio en el país. Hace un año se publicaron imágenes del río San Bingo, que desapareció por la minería. Este caso icónico muestra lo que está pasando en el territorio: 1.150 fuentes hídricas cruzan municipios con minería ilegal. 

El problema no solo es la ilegalidad. La industria minera ha disminuido el uso de mercurio, pero utiliza cianuro. Si esa sustancia no se recupera adecuadamente sus efectos pueden ser letales. La Cianurada, una quebrada venenosa en Segovia y Remedios, es una muestra de ello. Además, la extracción de oro -en el río o en la mina- afecta los acuíferos, deforesta e impacta ecosistemas estratégicos como los páramos, que producen 70% del agua que consumimos.

En medio de la fiebre minera pasamos por alto una pregunta clave: ¿Para qué sirve el oro? La respuesta es cruda: para casi nada. Es un metal inútil. Según el Consejo Mundial del Oro, solo 7% de la demanda se usa para producir materiales electrónicos y prótesis dentales. Menos de una décima parte tiene valor industrial y podría reemplazarse por diferentes aleaciones. 

Por otro lado, 45% de la producción global tiene un destino absurdo. Se transforma en monedas, lingotes, medallas, fondos negociables en el mercado e inversiones de los bancos centrales. Hay 76.000 toneladas de oro atesoradas en edificios de alta seguridad, una reserva tan grande que podría abastecer la demanda industrial por 186 años, sin necesidad de más minas. Tan solo en el depósito Fort Knox en Estados Unidos hay 530.000 lingotes que suman 4.600 toneladas.

Antes, la moneda de los países dependía del patrón-oro que fijaba el valor de una unidad monetaria dada una cantidad de oro. Sin embargo, este sistema se acabó en el siglo pasado. Ahora el sistema financiero se basa en algo intangible pero más poderoso: la confianza. Al fin de cuentas, las divisas solo tienen valor porque nosotros se lo atribuimos. Lo mismo pasa con el oro. Es una ficción: solo vale porque nos convencimos de que así es. La diferencia es que el costo de imprimir billetes es insignificante mientras que los ecosistemas y nuestra salud pagan el precio de extraer oro.  

Finalmente, el 47% restante, la mayor parte de la demanda, se destina a elaborar joyas. Más de la mitad de los adultos de Estados Unidos celebran San Valentín y uno de cada cinco compra joyas para regalar. Pocos –o ninguno– saben qué se esconde detrás del obsequio. La organización Earthworks reportó que para producir un anillo de oro se generan cerca de 20 toneladas de desechos, el equivalente a tres buses escolares.

Compramos oro creyendo que tiene un valor especial, pero en realidad estamos encerrados en nuestra propia trampa. Le damos valor a un metal inútil en lugar de proteger lo preciado: agua limpia, ecosistemas sanos y salud para todos. No es fácil romper patrones culturales que llevan anclados miles de años y representan intereses millonarios. Si no lo hacemos tendremos que resignarnos a vivir con tierra, aire y ríos contaminados, peces tóxicos y mercurio en nuestros cuerpos.

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