*Director de Conservación WWF Colombia

Una de las características más distintivas de Colombia es la de ser un país de regiones. Una singularidad que los ambientalistas señalamos una y otra vez como factor determinante de la mayor concentración de formas de vida por unidad de área en el planeta. 

Asimismo, esta característica es responsable de otro elemento patrimonial que damos por sentado, las identidades territoriales afincadas en paisajes que representan distintas formas de relacionamiento con el entorno, producto de siglos de historia de diferenciación regional de los colombianos.  

Nuestros paisajes más entrañables son centros de significado, pues además de ser el producto de las interacciones de suelos, clima, topografía, coberturas vegetales, fauna nativa e historia geológica. Son también la encarnación de las aspiraciones de quienes crecieron en ellos, el producto de su trabajo y la respuesta cultural de una manera distinta de ver el mundo. En cada proceso de construcción social de los paisajes, seguramente muchos de sus atributos “originales” desaparecieron, algunos fueron remplazados por elementos importados y con el correr del tiempo, nuevas dinámicas ecológicas alcanzaron algún grado de estabilidad que alimentó el sentido de lugar de los pobladores. 

Sin embargo, esta sensación de pertenencia empieza a difuminarse a medida que la sociedad se hace más urbana, pues la relación de las personas con el entorno deja de tener como referentes los atributos de los ecosistemas. En el mejor de los casos permanece como un imaginario nostálgico ligado a los ambientes rurales, a los que los habitantes de las ciudades recurrimos periódicamente como una forma de acercarnos a lo que alguna vez fuimos como parte de un colectivo ancestral. Pero esta disociación de la vida diaria con la experiencia de una localidad específica, en la que tenemos las raíces, abre además la oportunidad para que estos retornos ocasionales conviertan los paisajes añorados en un destino turístico cuyos significados se desdibujan a medida que lo local se diluye en lo global. Aquí cabe preguntarse sobre las implicaciones del turismo rural, especialmente cuando algunos paisajes emblemáticos reciben centenares de miles de visitantes cada año. 

Muchos viajeros seguramente llegan por la nostalgia que les devuelve por un momento su apego por un paisaje y sus credenciales ancestrales. Otros son atraídos por una singular manifestación de identidad territorial expresada en un paisaje cultural que les es ajeno y probablemente llevan consigo, al regresar a casa, el reconocimiento del valor de la conexión telúrica como fundamento de un sentido de pertenencia fundamental. Pero para una inmensa mayoría, la experiencia es apenas una mirada superficial de un entorno que, aunque pintoresco, es un paisaje sin arraigo, un territorio sin discurso escasamente diferenciable de un parque temático.

La supremacía de este último público plantea serias dudas acerca de la sostenibilidad del turismo rural no planificado, que predomina en los destinos más favorecidos actualmente en el país. Ambientalmente, la desconexión de la demanda turística con respecto a los ecosistemas que determinan la oferta, pone en riesgo el mantenimiento de los atributos del lugar. Desde el punto de vista social, la explotación de la identidad territorial como producto turístico no solamente la caricaturiza sino que además la expone a una erosión irreversible, una vez incrementa la solicitud de servicios ajenos a su particular manera de relacionarse con el ambiente. Y en cuanto a la sostenibilidad económica, obviamente termina por derrumbarse una vez se resquebraja el patrimonio cultural y natural del territorio.

No se trata de hacer una defensa a ultranza de los paisajes rurales intactos, por los que la historia parece no haber transitado, ni de impedir que reconozcamos las oportunidades que ellos ofrecen para el desarrollo económico y social de sus pobladores y del país en general. Pero sí vale la pena tener claro que estos lugares son mucho más que simples espacios de recreación, pues su existencia permite mantener las claves más profundas de las identidades regionales que nos caracterizan. Lo que resulta invaluable en un mundo que se homogeniza a pasos agigantados, pues ofrece un abanico de posibilidades de restablecer la conexión de la sociedad con los atributos ecológicos que sustentan su patrimonio natural y construir modelos de bienestar y desarrollo que respondan a formas conscientes y responsables de apropiación del territorio.

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