Llevo varios meses haciendo una pregunta informal a amigos y conocidos: ¿usted sabe en qué está invertida la plata que tiene ahorrada para su pensión? Aunque mi pequeño experimento no tiene valor estadístico, la respuesta negativa ha sido sistemática. Cuando le hice a expertos en la materia la pregunta más específica sobre si los fondos de pensiones en Colombia tienen la obligación o la intención de incluir criterios de exclusión de inversiones en activos que tengan impactos negativos en mi propio futuro, la respuesta pasó de “no” a “por supuesto que no”.

Me di a la tarea de hacer arqueología virtual y documental en las páginas de las cuatro administradoras privadas de fondos de pensiones que existen en Colombia, y de las normas que las regulan. Por fortuna, son un sector amplísimamente regulado, con relativamente poca capacidad de maniobra: hay límites y mínimos legales que definen cuánto pueden invertir en diversas clases de activos, obligan a diversificar y mitigar riesgos financieros. Un hecho tranquilizante cuando se trata de la labor de administrar los ahorros de todos los colombianos que aportamos al sistema. Fue una labor dispendiosa, y en la mayoría de ocasiones una misión imposible, encontrar la composición de los activos específicos en que están invertidos los recursos que allí ahorran millones de colombianos (encontré información parcial en solo una de las cuatro páginas web).

Entre quienes respondieron a mi pregunta, los más informados sabían, como máximo, que sus ahorros están en el fondo de mayor riesgo, el moderado, o el conservador. Pero ninguno supo responder si sus ahorros están o no invertidos en activos que protegen su futuro, o que lo amenazan. ¿Qué sentido tiene que los ahorros que estamos destinando los aportantes del sistema pensional para nuestro futuro estén invertidos en compañías cuya actividad comercial atenta directamente contra nuestra posibilidad de vivir un futuro próspero? El ejemplo perfecto son las inversiones en activos con altas emisiones carbono, altos índices de contaminación del agua, o asociados con actividades que contribuyen a la deforestación, entre otras que carecen de criterios de sostenibilidad. La paradoja es que no sólo no sabemos, sino que esta información no está disponible de manera transparente, lo que permitiría evaluar este tipo de riesgos e incluirlos como criterios de exclusión de las inversiones de los fondos destinados precisamente a garantizar que tengamos un futuro próspero.

El principal problema de este sinsentido es que no existen para las administradores de fondos de pensión, ni en las normas que las regulan ni en sus respectivas políticas de inversión (que por ley están publicadas en sus páginas web), criterios que obliguen a sus comités de inversión, o a los de evaluación de riesgos, a incluir consideraciones que vayan más allá de la garantía de un retorno mínimo al año. El segundo problema es que como afiliados vivimos en la más absoluta ignorancia sobre qué ocurre con nuestros propios ahorros. En otras palabras: nos importa que el dinero no se esfume, nos gustaría que se multiplique, pero nos importa poco o nada lo que ese dinero está financiando. 

Debería importarnos a todos – ahorradores y administradores de fondos - no solo por una razón ética, sino por una razón práctica relacionada con el deber fiduciario de las administradoras de fondos de pensión con los aportantes. Su deber es velar por los intereses de los afiliados, incluyendo el interés primordial que motiva los aportes a un sistema de pensiones: la garantía de un futuro viable. La viabilidad económica por sí sola será perfectamente inútil en un mundo en el que financiamos (¡con nuestros propios ahorros!) la auto-destrucción, por ejemplo a través inversiones en sectores que transgreden los límites planetarios de manera indiscriminada.

Post data: más sobre pensiones (¿sostenibles?), incluyendo a Colpensiones, el riesgo financiero que corremos, y las tendencias globales en la materia, en una próxima entrega de esta columna.

 

*Isabel Cavelier Adarve es co-fundadora y co-directora de Transforma, organización creada para hacer realidad el desarrollo sostenible mediante la investigación, consultoría, incidencia y litigio estratégico . Es asesora senior en Mission2020 para asuntos financieros. Representó a Colombia en varios procesos multilaterales sobre desarrollo sostenible y medio ambiente, incluyendo el Acuerdo de París. Autora de varios artículos y libros sobre política exterior, cambio climático, finanzas climáticas, igualdad de género y derechos humanos.

*Sobre Antropoceno:

El planeta tierra tiene aproximadamente 4.500 millones de años. De todas las eras geológicas que se han sucedido desde entonces, el holoceno, que inició hace 11.700 de años, garantizó las condiciones perfectas para que prosperara la especie humana. Esas condiciones, sin embargo, están cambiando drásticamente desde hace 60 años. En un parpadear estamos entrando en una nueva era geológica: el “Antropoceno”, la era en que la civilización humana tiene impactos de escala planetaria, modelando toda la geología de la tierra. En este espacio compartimos opiniones e ideas relacionadas con la vida en esta nueva era de impactos planetarios.

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