* @efrainpenam - Abogado, Especialista en Derecho de Minas y Energía, Máster en Gestión Ambiental y Doctorando en Derecho Ambiental y de la Sostenibilidad.

Hace unos meses, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (MADS) anunció que a través de la campaña ‘Reembólsale al Planeta’ y de la Resolución 0668 del 2016, las bolsas plásticas con una dimensión menor a 30 x 30 centímetros se convertirán en cosa del pasado. De hecho, se anunció con mucho bombo que gracias a la mencionada resolución, Colombia se unía a los cerca de 70 países que, según el Earth Policy Institute, establecieron mecanismos para regular el uso de bolsas plásticas. Ahora bien, el día de ayer, me acerque al supermercado vecino con mis dos bolsas de tela y me puse a observar en la fila que ninguno de mis antecesores llevaba consigo algún tipo de bolsa o caja para no utilizar la prohibida plástica.

¿Qué paso con la resolución? ¿Qué pasó con que el derecho permea la realidad y cambia hábitos? Lo cierto es que las de 30 x 30 siguen en circulación y como bien lo anota el MADS, un colombiano promedio usa 6 bolsas semanales, 24 al mes, 288 al año y 22.176 en una vida de 77 años, por lo que es claro que sacarlas de circulación de manera tajante, significaría un gran reto para todos aquellos amigos de la bolsa. Creo que estamos lejos de cambiar el imaginario del consumidor, pues vemos que sigue siendo una solución para guardar, almacenar, conservar, llevar de paseo, tener por si acaso, usar dos por resistencia, entre muchos otros usos. La bolsa sigue en nuestro día a día y aún está lejos de desaparecer.

Pero ¿porque satanizar la bolsa plástica, si tan buen servicio nos presta? Sencillo, las bolsas plásticas consumen grandes cantidades de energía para su fabricación y provocan grandes emisiones de CO2, están compuestas de sustancias derivadas del petróleo y tardan más de medio siglo en degradarse, incluso algunas pueden contener residuos metálicos tóxicos, y por último mi razón para no usarlas: cuando flotan en el mar, parecen aguamalas, el snack preferido de las tortugas, ballenas o delfines, que mueren tras ingerirlas.

Así las cosas y siendo un poco más realista que la resolución nombrada, considero que si queremos cambiar un hábito, como lo es el uso de bolsas plásticas, lo más fácil es cobrar por ellas como ya bien se hace en varias realidades o supermercados de descuentos. Si bien no es una solución definitiva, al menos materializa el principio de “contaminador-pagador” en su más simple interpretación, pero que a la postre termina por permear conductas y nos ofrece ese tránsito hacia la realidad sin bolsas en nuestras compras habituales.

¿Será entonces que tenemos que abrir un espacio para similares productos nocivos? ¿Será que este instrumento jurídico nos permite pensar que algún día el pitillo plástico sufrirá la misma suerte? Sinceramente lo espero, ya que al menos la bolsa presta alguna utilidad o servicio, pero el uso del pitillo plástico es la expresión misma de la pereza a levantar el vaso o el exagerado asco que nos da al beber donde otros han puesto sus labios. Pero es aún más nocivo para el ambiente, ya que la fabricación de un pitillo se demora 1 minuto, se usa en promedio durante 1 hora y se descompone en más de 1.000 años. Por tanto, haré mis votos para que la próxima vez que esté en un restaurante me sirvan mi bebida sin colocarme el pitillo al lado y, más bien, si algún desafortunado que esté en mi mesa lo solicite, le cobren por ello.

*Abogado, Especialista en Derecho de Minas y Energía, Máster en Gestión Ambiental y Doctorando en Derecho Ambiental y de la Sostenibilidad.

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