Foto: Pamela Aristizabal/Twitter

Un señor, consumido por la rabia que producen el tráfico y los pitos enardecidos en Bogotá, mató de un balazo a un perro que iba de paseo con su amo, uno de los enardecidos participantes en esa disputa callejera. 

En la historia que conocemos nadie queda bien, distan tanto la una de la otra que no se sabe a cuál darle crédito. La señora que se pega del pito porque un señor busca una dirección un domingo por la tarde demostró su intolerancia: todos hemos obstruido el tráfico alguna vez mientras encontramos una dirección o en dónde estacionar de manera medianamente legal. El asesino de canes empezó por contestarle a esa señora con improperios y a más pitos, cuando lo menos que uno puede hacer es aceptar la culpa de estar estorbándole a la gente, pedir disculpas y hasta preguntar dónde será que se puede estacionar. El hermano de la pitadora inicial tomó la pésima decisión de acercarse a insultar al estorboso 'parqueador', con el agravante de que su perro, en medio de la trifulca, ladraba como lo haría cualquier animal que siente que lo amenazan, a él y a su amo. 

Los juzgados de verdad decidirán si el furioso asesino es o no culpable de un delito: porte ilegal de armas, al parecer. Mientras tanto, las cortes de los programas radiales matutinos, twitter y facebook (en donde Mockus es Presidente, no somos dignos de tener una Miss Universo sino varias Premio Nóbel y todos leemos literatura profunda y la compartimos) decidirán si el sujeto es digno de la vida en sociedad. Durante un par de días. O una semana. Después la #indigaciondelasemana cambiará y nos le lanzaremos, #tecladoenristre, a otro #taradodelmomento. 

A mi al final, me quedan una reflexión y dos preguntas. 

Primero la reflexión. Algunas de las personas con las que he hablado me dicen que no entienden porqué tanta alharaca por un perro cualquiera, si hay cientos de miles (si no es que millones) de perros sufriendo en las calles de nuestras ciudades. Mi respuesta es que el relativismo moral es mala idea donde quiera que se presente. Los animalistas serios, que son los que están moviendo las redes sociales con mayor éxito, están lidiando con los múltiples frentes del maltrato animal en nuestro país. 

Ya lograron sacar de las calles de Bogotá y Medellín, por ejemplo, a las zorras (los vehículos de tracción animal en policy speak) y a diario lidian con temas tan escabrosos como el funcionamiento de los centros de zoonosis de nuestras capitales. No son activistas solamente del #tecladoenristre sino de presión electoral, movilización masiva y estratégica. Una cosa no cancela la otra y como bien nos han enseñado muchos de nuestros mejores líderes, los símbolos son importantes. Si una sociedad permite y no castiga legal y moralmente este tipo de comportamientos, no partimos de la moralidad para la convivencia, y eso es grave. 

En un editorial reciente de Semana Sostenible (Tan lejos, tan cerca: Ciudades, campo y paz) hablamos de uno de los componentes más complejos del postconflicto: el retorno al orden moral. Las guerras entre hermanos, como lo es la colombiana, nos obligan a cometer o ser cómplices de actos de tal barbarie que todas las demás faltas, en un ejercicio de relativismo moral, resultan poco graves. ¿Qué tan grave puede ser pasarse un semáforo si en la selva hay secuestrados? ¿qué pasa si me robo alguito del presupuesto, si lo grave es que los paracos juegan fútbol con las cabezas de los campesinos decapitados? El raciocinio detrás de esta ecuación es imperfecto desde su formulación, ahora que nos acercamos al postconflicto ya no aplica de la misma manera. Siempre habrá algo peor sucediendo, pero ese no puede ser motivo para que los individuos no nos comportemos de acuerdo con las reglas de la vida en sociedad.

Después de la reflexión, las inquietudes.

¿Cómo es que un individuo que dedica parte de su vida a manejar profesionalmente maneja estos niveles de ira al volante? ¿cómo ha sobrevivido hasta ahora en las pistas o campos abiertos? Que se haya logrado que todos los patrocinadores del piloto le retiren el billete es una buena idea porque las empresas deben ser responsables por lo que sus patrocinios representan y bajo ninguna óptica resulta afortunado que una marca se identifique con la ira y el maltrato. Menos cuando el patrocinio es por su trabajo como, léase bien, piloto. PILOTO. ¿Qué le pasará al sujeto cuando se le atraviese el piloto del equipo ecuatoriano en una de sus carreras? ¿Lo decapitaría de un solo soplo con la llave de cruz?

¿Por qué tanta histeria de todas las partes en DOMINGO? Normalmente a los pitadores desaforados lo que les digo es que si tienen afán salgan más temprano. (Incluso es lo que me digo a mi misma cuando salgo tarde al trancón de la séptima y me provoca arrollar con mi camioneta de señora al primer insulso taxi que se pare en el carril del medio a recoger pasajero: ve, debí haber salido más temprano, así no tendría un impulso homicida sino que disfrutaría de la fingidamente profunda y culta voz del señor de Javeriana estéreo.  Pero en domingo nadie debe tener afán. ¡Apacígüense señores! La moderna conjugación del verbo 'dominguear', que debe estar pronta a ser apropiada por esta tan moderna Real Academia de la Lengua que nos tocó, se refiere precisamente a que en domingo uno debe transitar por la vida sin prisas, observando el paisaje urbano, ayudando el señor histérico e hirsuto a estacionar, mandándole besitos a la histérica e hirsuta señora pitadora en lugar de lanzarle improperios, acariciando al perrito Príncipe. O por lo menos dejándolo con vida. 

Cójanla suave. 

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