*Profesor / investigador de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales. Pontificia Universidad Javeriana.

Nuevamente se realizan en el país encuentros que promueven el turismo de naturaleza como una apuesta al desarrollo económico (bajo la bandera del desarrollo sostenible), sobre todo en lugares que todavía mantienen atributos interesantes de la biodiversidad, por lo general alejados de centros urbanos y en contextos de pobreza o desarticulación económica. Quizás esto se debe a que este es el año internacional del turismo sostenible para el desarrollo, o porque realmente Colombia tiene un enorme potencial de volverse un país líder en turismo de naturaleza, o ambas.

La realidad ecosistémica y cultural, el éxito en la promoción y el creciente sentimiento de mejoramiento en condiciones de seguridad, ya muestran resultados a la hora de atraer turistas nacionales y extranjeros a este tipo de destinos que han sido definidos como turismo de naturaleza (ecoturismo, turismo rural, avistamiento de vida silvestre, turismo cultural).

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¿Pero qué tanto conocemos, valoramos y nos preocupamos por conservar, eso que pretendemos ofrecer al turista?

Para poder ofrecer una experiencia única y favorable a un turista cada vez mejor informado y demandante de “autenticidad”, debemos conocer y valorar nuestros recursos. Nuestra diversidad ecosistémica resulta en una enorme riqueza biológica y cultural, que muchas veces pasa desapercibida. Pero su conservación depende básicamente en saber qué tenemos y valorarlo, no sólo en términos económicos, sino en otros aspectos como los valores intrínsecos, sus relaciones, su importancia estética y cultural, entre muchos otros.

Este desconocimiento no sólo nos cuesta oportunidades maravillosas de incorporar nuevos atractivos y productos turísticos a nuestra oferta, sino que nos cuesta también la oportunidad de conservarlos o en casos donde sea necesario, mejorar su estado, para poder aprovecharlos de manera responsable (y sostenible). Teniendo esto en cuenta, quiero hacer un llamado tanto a los empresarios y miembros de la industria hotelera, como a los turistas, de empezar a preocuparse por ampliar su nivel de conocimiento y búsqueda de alternativas para el uso de estos atributos.

Cada ecosistema es un arreglo único de especies, interacciones y procesos de relacionamiento con el hombre. Cada especie animal o vegetal encierra historias maravillosas de su evolución, relaciones ecológicas, estrategias de supervivencia. Cada receta local incorpora relatos de la gente, sus productos, medios de subsistencia. Cada artesanía, pequeñas obras de arte, irrepetibles, representan esa cultura material que encierra la relación de la gente con sus territorios.

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Es por esto que debemos crear una relación simbiótica entre la empresa turística y la generación del conocimiento. Una relación que ya está probada, y que sabemos que resulta en un gana-gana, mejorando incluso los niveles de satisfacción del turista. La clave es no responder a la demanda tratando de copiar esquemas externos. Debemos desarrollar nuestras propias propuestas, coherentes con nuestros contextos económicos, culturales, políticos y ecosistémicos. Respetuosos con el mantenimiento de esa magnífica diversidad que ahora el mundo entero quiere venir a conocer. También es importante educar a nuestros visitantes. Muchos de los problemas que ocurren, se deben porque el turista desinformado demanda servicios o productos de manera inadecuada para este contexto, que con el ánimo de vender el tour, ganar la propina o cobrar unos pesos de más, terminamos los locales incumpliendo normas, realizando actos ilegales o que van en contra del respeto a nuestros recursos biológicos y culturales.

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