*Abogada y periodista.

El realismo es un tema sobre el que aún no se ponen de acuerdo los ambientalistas y los que no lo son”, concluyó. Esa conversación rondó en mi cabeza por varios días.

El año pasado, el presidente de Kiribati, una pequeña isla del Pacífico, decidió ser realista. Compró más de 20 kilómetros cuadrados en otro país para tener un lugar en el mundo en caso de verse obligado a evacuar su tierra por el aumento en el nivel del mar. Su plan B no es descabellado para los pequeños estados insulares cuyo futuro depende del esfuerzo mundial para limitar la temperatura a no más de 1,5 grados centígrados de calentamiento por encima de los niveles preindustriales.

A la fecha nos hemos calentado más de 0,8 grados centígrados.  Y si se cumplen los compromisos actuales que hicieron más de 180 países –y esto es poco realista– nos encaminaremos hacia un escenario de 3 grados centígrados donde nuestra vida en el planeta se vuelve muy difícil, por no decir inviable. 

Contamos con evidencia abrumadora sobre los efectos devastadores del cambio climático. Realismo es entender esa advertencia científica. Sabemos lo que tenemos que hacer y contamos con la tecnología y los recursos para lograrlo. Y aun así, somos incapaces de tomar las decisiones difíciles como eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, una medida necesaria para dejar de depender en estas fuentes de energía responsables del 65 por ciento de las emisiones de gases efecto invernadero que causan el cambio climático. Estamos pecando por soñadores, ignorantes, ingenuos, indiferentes, tercos, confiados, torpes.

El Fondo Monetario Internacional estimó que en 2015 se destinaron 5,3 billones de dólares para subsidiar petróleo, gas y carbón, una cifra que supera lo que se invierte a nivel global en salud. Y según el economista Nicholas Stern, esta cifra es mucho mayor si se tienen en cuenta los subsidios implícitos. Por otra parte, solo se invirtieron 120.000 millones de dólares en subsidiar energía renovable.

No creo que sea realista seguir subsidiando la fuente principal del problema al que nos enfrentamos en lugar de redirigir esos recursos a impulsar esa revolución energética –que ya está en marcha– pero que necesitamos con urgencia y a una escala mucho mayor.

Probablemente nuestra psicología, siempre inclinada a dejar las cosas para después e incapaz de pensar en las consecuencias que ocurrirán en 20 años, nos reconforta con la idea de que esto se resolverá de alguna manera. ¡Un milagro tecnológico que le ponga fin al calentamiento global! Lamento decirles que la confianza ciega no es realista.

Nos han dicho una y otra vez que somos la primera generación que siente los efectos del calentamiento global y la última que puede hacer algo para revertirlo. Nos lo repitió Barack Obama, presidente de Estados Unidos, en la apertura de la Cumbre del Clima y nos lo reitera el IPCC, máxima autoridad científica en el tema en cada uno de esos informes.

Yo no elegí ser parte de la generación del cambio climático. Quisiera no tener que serlo. Pero me tocó. Y ahora tanto ustedes como yo tenemos que asumir este desafío siendo realistas: entendiendo la dimensión del problema y los impactos que puede tener en nuestras vidas y en las de todas las personas alrededor del mundo. Y el primer paso para hacerlo es eliminando la idea de que el cambio climático es un tema de ambientalistas.

Mi amiga tiene razón: es hora de que la humanidad se ponga de acuerdo sobre qué es realista y qué no. En este momento, nuestro realismo es suicida. 

 

**Mis opiniones no comprometen a la organización a la que pertenezco.

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