*Antropólogo

En la tarde de ayer se votó en la Comisión Primera del Senado un proyecto de ley, propuesto por Claudia López, que buscaba reducir a la mitad el salario de 28 millones de pesos que mensualmente reciben los legisladores. 13 senadores votaron en contra a dicha iniciativa. Entre ellos se encontraba el milenario Roberto Gerlein, un político conservador que ha estado en el Congreso de manera ininterrumpida desde 1975. En esos 40 años, el episodio más conocido de este honorable señor se reduce a aquella ocasión en la que, mientras discutían sobre la legalidad del matrimonio homosexual, aportó al importante debate su opinión de que el sexo entre varones es sucio, asqueroso y excremental. 40 años devengando un salario millonario y eso es lo más sonoro, lo más recordado. Qué ingrata es la memoria.

Con semejante responsabilidad e historial debería ser uno de los legisladores más activos. Sin embargo, para junio de este año, el diario El País de Cali lo reseñaba como uno de los “reyes del ausentismo”. Este deshonroso título se le endilgaba en virtud de un porcentaje de inasistencia del 73%. De cada 10 sesiones que se efectúan en el magno recinto, este campeón sólo asistió a tres. ¿Cómo no se iba a oponer a semejante ley subversiva? ¿Ganar menos a estas alturas de la vida? De permitirse, ¿qué va a seguir, tener el sueldo de un médico? ¿De un profesor?

También se opuso Paloma Valencia. Como al senador conservador, su codiciado cargo le ha permitido destacarse en la escena política nacional por diversas razones. Son de reconocer por ejemplo sus propuestas transgresoras como la de dividir en dos al Cauca, o su genial capacidad mímica que proviene de la devoción obsecuente a su líder, al grado de venerar su imagen.

Aunque se opusieron, no todo fue patear la mesa. Alfredo Rangel, compañero de equipo de Valencia y quien también desaprobó el proyecto, es el autor de una iniciativa, a su juicio mejor: en adelante los congresistas solo aumentarían sus ingresos en la misma proporción que lo haga el salario mínimo. Para el año en curso, el 7%. Es decir, mientras que un obrero raso recibió 45.000 pesos adicionales, ellos, justos y ecuánimes, se resignarán a recibir 80.000 pesitos más. Es proporcional y ni siquiera alcanza para la gasolina. 

Obviamente, la propuesta de la senadora López se hundió irremediablemente, pero la de Rangel prosperó. Se necesita una voluntad política escasa y una altura moral inexistente para que suceda lo contrario. Quienes apoyan esta última propuesta no han dudado en bañarla en elogios y atacar a la que propone las reducciones. Viviane Morales calificó la propuesta de inviable: no se puede reducir un salario, menos el de ella que cumple religiosamente con su diezmo.

Con el estado actual de las cosas y sin un cambio a la vista, para que un profesor que gana poco más del mínimo reúna lo que se gana un senador en un año, tendría que trabajar 40 años de manera ininterrumpida y sin gastar un solo peso de su salario. 40 años con sus días y sus noches. Los mismos que lleva Gerlein aferrado a su curul.

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