*Director de Conservación WWF Colombia.

Desde hace unos pocos años es frecuente en muchas ciudades colombianas la presencia de animales silvestres que asociamos con espacios alejados de los asentamientos humanos. El hallazgo de tigrillos en los cerros de Bogotá, la presencia cotidiana de guacamayas en Medellín y la “invasión” de guatines y guacharacas en Cali, son apenas algunos ejemplos de un fenómeno peculiar que despierta muchos interrogantes.

En primer lugar, cabe preguntarse si estos avistamientos son en realidad una novedad, o simplemente el producto del acceso cada vez mayor de la ciudadanía a medios de difusión masiva. Pero si bien este último factor es real, pues las redes sociales se han convertido en plataformas a través de las cuales circula la noticia del hallazgo de tal o cual bicho, lo cierto es que el fenómeno es un tema recurrente de conversación entre naturalistas que no dejan de sorprenderse por la aparición de esta fauna urbana.

Asumiendo entonces que estamos frente a un hecho real, surge entonces la pregunta sobre las posibles causas de recuperación de la fauna en espacios urbanos y periurbanos. Y aunque es razonable suponer que cada caso particular tenga detonantes específicos, hay al menos tres razones subyacentes a este fenómeno que ameritan una reflexión acerca de las relaciones de los colombianos con la fauna silvestre.

Podría pensarse que el incremento de registros urbanos de fauna silvestre es el resultado de la recuperación de algunas poblaciones, gracias a la mayor concienciación ambiental ciudadana. Sin embargo, es improbable que el mejoramiento de las zonas verdes, la creación de parques lineales, la restauración de humedales y los programas de reforestación cerca de las ciudades sea suficiente para explicar tantas revanchas aparentes de la fauna.

Una segunda hipótesis es el surgimiento de oportunidades favorables para ellas como resultado del cambio ambiental global. La modificación a gran escala de algunos paisajes, el surgimiento de ecosistemas emergentes o incluso el cambio de condiciones climáticas a escala local o regional podrían haber hecho posible para algunos animales la conquista de nuevos espacios y el crecimiento de sus poblaciones.

También, es posible que el fenómeno sea el resultado de la disminución de la presión de cacería, que pudo haber ocurrido por dos motivos íntimamente ligados a la intensificación del conflicto armado durante los últimos años del siglo pasado y los primeros del actual. Por una parte, el riesgo que representaba para cualquiera portar un arma en zonas de conflicto hizo que muchos abandonaran la caza y por otra, el éxodo campesino hacia los centros urbanos suspendió la actividad cinegética de la población desplazada.

Aunque para la mayoría de los habitantes de las ciudades colombianas la cacería es hoy en día una actividad totalmente ajena, en un pasado no muy distante constituyó una recreación bastante común, ejercitada incluso dentro de las áreas metropolitanas. Y entre el campesinado, ha jugado históricamente un papel importante ya que la carne de monte fue siempre un complemento bienvenido de la canasta familiar. No sería raro entonces que la acción combinada de estos dos conjuntos de cazadores hubiese jugado un papel importante en la declinación de algunas poblaciones animales y que su supresión no intencional, por los motivos ya mencionados, desencadenara su retorno.

Estas explicaciones, que no son mutuamente excluyentes, demandan la atención de amplios sectores de la sociedad. Si la empatía de los ciudadanos con la fauna silvestre está creciendo y gracias a ella ha mejorado el hábitat de algunas especies, o si la expansión aparente de la fauna silvestre es el resultado de nuevas configuraciones de los paisajes creados por los humanos, cabe preguntarse a quiénes ha favorecido y cuáles serán las consecuencias de sus intervenciones.

Si la ciudadanía es responsable por la recuperación de algunas especies, debe también aprender a vivir con ellas, sin pretender tratarlas como animales domésticos. Pero como la convivencia con animales silvestres no es siempre compatible con el estilo de vida citadino, en ocasiones será necesario aceptar que los cambios que hicimos en su hábitat fueron el resultado de decisiones erradas y obrar en consecuencia.

Y si la actividad cinegética en Colombia en realidad disminuyó en medio del recrudecimiento del conflicto armado, es lícito preocuparse por el impacto que pueda tener la implementación de los acuerdos de paz sobre la fauna que hoy florece alrededor de las ciudades. De cualquier manera, vivimos un momento en el que las relaciones de la sociedad con la fauna silvestre atraviesan profundos cambios. De cómo los entendamos, no solo dependerá el futuro de algunas especies animales sino la forma como se estructuran y funcionan los ecosistemas de los cuales dependemos.

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