*Magister en Maestría en Administación Pública de la Universidad de Nueva York experto en desarrollo sostenible.

Una de las batallas más importantes para cambiar el curso de nuestro planeta hacia una trayectoria más sostenible tendrá lugar en la mesa del comedor. Lo que comemos a diario y el tamaño de las porciones que nos servimos tiene implicaciones profundas en múltiples aspectos del medioambiente. De manera agregada, la industria global de producción de alimentos utiliza el 37% del uso global de la tierra fértil, genera el 24% de los gases de efecto invernadero, consume alrededor del 85% del agua dulce disponible y, por medio del uso de fertilizantes, contamina fuentes de agua sin diferenciar fronteras regionales y nacionales.

Afortunadamente, desde hace varios años viene creciendo una conciencia global sobre la importancia de transformar nuestros modelos agrícolas. Principalmente los europeos han liderado varias tendencias que también han tenido eco en algunas regiones de Estados Unidos y también en Sudamérica. Es motivante ver asociaciones de agricultores (y consumidores) que le han apostado a los cultivos orgánicos, a eliminar semillas genéticamente modificas, a incorporar principios de comercio justo – “fair trade” – en sus modelos de negocio y a reintroducir los alimentos locales en recetas contemporáneas. Sin embargo, estos esfuerzos aún representan una minoría dentro de la masiva industria global que gira alrededor de nuestra alimentación.

Según diversos estudios de la FAO (Food and Agriculture Organization) y el World Resources Institute, el reto de alimentar a la población global es cada vez más complejo porque paralelamente al crecimiento demográfico, también hay un aumento proyectado de la clase media, quienes, al contar con más recursos, cambian sus preferencias. Cuando las familias adquieren mayores ingresos, hay una preferencia a consumir más alimentos como la carne de res, comidas rápidas y alimentos procesados, que requieren sustancialmente más insumos para ser producidos. Por ejemplo, se necesita 20 veces más tierra y más agua para producir carne de res que para producir proteína vegetal (frijoles, lentejas, quínoa, entre otras). La cuestión no es únicamente alimentar a mayores personas con los mismos recursos (solo hay un planeta Tierra) sino cómo influenciar alimenticias de las preferencias de las nuevas generaciones por alimentos que contengan el mismo valor nutricional pero que su producción sea más eficiente.

Adicionalmente, estos estudios también muestran que en la medida que las sociedades alcanzan mayores ingresos, y sus preferencias, también aumentan los problemas de saludos relacionados con el sobre-consumo de calorías y la obesidad. Paradójicamente hoy existen más personas en el mundo que sufren de sobrepeso que aquellas que sufren de malnutrición. En algún momento este fenómeno se pensó como único para los países de renta alta pero hoy la evidencia muestra que el fenómeno se ha extendido a múltiples economías emergentes como China, México y Brasil. En Colombia, según el Ministerio de Salud, el 51% de la población adulta sufre de sobre-peso y obesidad. Es decir, uno de cada dos colombianos padece esta situación.

Desde el punto de vista ambiental, el sobre-consumo de calorías representa de manera indirecta el uso innecesario de insumos agrícolas (tierra, agua, fertilizantes) y de los efectos ambientales asociados a la producción, transporte y cocción de alimentos (deforestación, emisiones de gases de efecto invernadero, contaminación del agua). Las empresas dedicadas a los productos alimenticios producen más y más comida porque nuestro apetito crece. Por lo tanto, una de las acciones que debemos promover alrededor de la cultura de la sostenibilidad también debe enfocarse en nuestro régimen de alimentación y el de nuestras familias. Una alimentación más balanceada, no solo nos garantiza el gozo de una mejor salud, es también un aporte a la lucha global por cuidar nuestro planeta.

Por ejemplo, al incorporar una dieta que involucre una diversidad mayor de proteínas vegetales moderando el consumo de la carne de res y otras proteínas animales, y reduciendo las porciones de lo ponemos en nuestro plato, hacemos una doble contribución hacia un uso más eficiente de los recursos naturales. La estimación nutricional para personas con moderada actividad física es que solo necesitamos 50-60 gramos/día. Poquito, ¿no? Sin embargo, en promedio una hamburguesa puede tener entre 110 y 250 gramos de carne. Es decir, estamos consumiendo más de lo que necesitamos. Preguntémonos ¿Dónde parará el exceso de lo que comemos?

No se trata de convertirnos todos en vegetarianos, sino de entender mejor el rol de los diferentes alimentos en nuestra nutrición y salud, y en consecuencia medir las porciones de lo que comemos a diario. Si le gusta la carne, trate de hacerlo como algo especial y no lo esperado de cada día. No se enfoque solo en la carne de res sino varíe con pollo, cerdo o pavo, y sobre todo consúmala en menores porciones. Con eso ya hace una diferencia. El mercado le va a rendir más, va a disminuir los riesgos asociados al sobrepeso, y de paso se ahorra un dinero.

No olvidemos que las decisiones individuales cuando se combinan a gran escala, pueden influenciar el comportamiento de las industrias y los negocios. Tal vez la próxima vez que invite a sus amigos a un asado, combine diferentes tipos de proteína (pruebe hamburguesas de quínoa, haga una cazuela de frijoles, tueste diferentes tipos de nueces y haga de la carne animal algo que disfruta en moderación), añada más vegetales a la parrilla (pimentones, espárragos o maíz) y sobre todo sirva en platos pequeños. Le puede salir un menú rico y de paso le ahorra a sus invitados la indigestión.

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