*Directora de Semana Sostenible

Las imágenes de México tras el sismo que sacudió al centro del país el pasado 19 de septiembre producen emociones contradictorias. Los edificios y monumentos colapsados resultan aterradores, mientras que las filas interminables de ciudadanos pasando escombros devuelven la fe en la humanidad. La mirada se nubla tanto por la magnitud de la tragedia como por la escala de la solidaridad de la respuesta.

Hace 32 años, frente a un sismo aún peor, sucedió lo mismo. Los ciudadanos se tomaron las labores de rescate y logística sin que nadie lo pidiera ni los organizara. Tanto analistas como protagonistas de la asombrosa respuesta a la tragedia están de acuerdo en que uno de sus motivos fue una profunda desconfianza en el Estado.

La confianza en el Estado mexicano venía ya minada desde hace décadas. Los escándalos de corrupción y la tragicómica incapacidad para gobernar del presidente Enrique Peña Nieto, que como máximo podría merecer una calificación mediocre, llevaron esa desconfianza a su máxima expresión.

Surja de donde surja, la respuesta de la sociedad civil, profundamente empática y solidaria, aunque sin duda algo caótica, resulta ejemplarizante en más de un sentido. Además de la solidaridad, los mexicanos le dieron al mundo una importante lección en iniciativa. Desde que dejó de temblar pusieron su seguridad y comodidad a un lado para ver qué podían hacer para ayudar a los demás. No se sentaron a esperar ejemplos, instrucciones, programas, equipos ni herramientas por parte del gobierno, entre otras cosas, porque no creen en su capacidad.

Es imposible fabricar un sentido de la urgencia como el que dejó el sismo en México. Hacer a un lado la comodidad para ayudar a otros desinteresadamente requiere de urgencia, pero también seguridad en que la contribución puede tener un impacto real y relevante.

Elegir una causa que conmueva lo suficiente como para intervenir activamente es una forma de darle un significado a la vida y de contribuir a un mejor presente y futuro. Los problemas urgentes son muchos y requieren de distintos niveles de compromiso, desde cambios de comportamiento relativamente sencillos hasta horas de voluntariado o incluso una vida de servicio a una causa. En el marco de una crisis de liderazgo en todo el mundo, esperar a que otros tomen la delantera para hacer las cosas mejor es poco más que una manera de procrastinar indefinidamente.

Casos extraordinarios como los de México son inspiración y ejemplo. Seguramente si se les pregunta a los voluntarios en unos meses, dirán que la oportunidad de ayudar a aquellos que lo necesitaban les cambió la vida, agregándole experiencias y emociones que ni siquiera sospechaban. Servir a una causa y lograr esa satisfacción, sin embargo,  no tiene que ser extraordinario. En realidad, el reto está en que se convierta en ordinario.

Relacionados

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.