*Abogada y periodista.

Tengo que confesar que me molesta cuando me llaman ambientalista. No me gusta portar una etiqueta ni que me clasifiquen. Y en el imaginario colectivo, los ambientalistas se han convertido en una especie de tribu social cuya imagen suele ser negativa. En Colombia, esa segmentación se ve muy a menudo en el debate nacional cuando se presentan las posturas, victorias o derrotas de los ambientalistas versus las de cualquier otro sector, incluyendo al gobierno.

Es cierto que el movimiento ambiental que surgió a finales del siglo XIX, como una reacción a la industrialización, al crecimiento acelerado de las ciudades y al aumento de la contaminación, tiene una base política y de protesta. Sin embargo, lo paradójico es que nuestra relación con la naturaleza, a diferencia de las afiliaciones políticas, religiosas, culturales y de género, no parte de una creencia o una postura personal sino de un hecho incontestable. Todos, sin excepción, dependemos del medioambiente para vivir. Todos necesitamos lo más básico: comida, agua y aire limpio. 

Si fuéramos conscientes de nuestra frágil dependencia de la naturaleza, todos seríamos ambientalistas por instinto de supervivencia. Si fuéramos conscientes de que somos parte de un gran sistema, actuaríamos de forma sostenible. Sin embargo, en algún punto difuso de nuestra historia, durante la construcción de nuestras grandes civilizaciones con recursos que parecían ilimitados, hicimos corto circuito. Hoy, esta noción obvia y sencilla desapareció de nuestras conciencias. 

Hace poco hice un experimento: le pregunté a más de 30 amigos –que no trabajan en el sector ambiental– qué entendían por ‘ambientalista’. La mayoría me respondió que eran las personas que se preocupaban o trabajaban por el medioambiente y tomaban acciones en su diario vivir para protegerlo. Otros me dijeron que eran aquellos que ponían a la naturaleza por encima de otros valores como el desarrollo económico. Estas respuestas no me sorprendieron. Lo que me sorprendió es que prácticamente ninguno de ellos se consideraba ambientalista.

Al igual que yo, mis amigos hacen parte de una generación urbana y tecnológica que perdió, en gran parte, el contacto con la naturaleza. Mental y emocionalmente rompimos el vínculo. ¿Cuántos sabemos cuál es la cuenca que nos abastece de agua? La mayoría ignora esa información que deberíamos tener tan grabada como nuestro número telefónico o la dirección de nuestros hogares. El agua viene de la llave, eso fue lo que nos enseñaron. Y ese tipo de distorsiones, ancladas en nuestra cultura citadina, son muy difíciles de cambiar.

Es probable que la victoria detrás de la sentencia de la Corte Constitucional que prohíbe la minería en páramos se deba a que los ambientalistas lograron que los colombianos reconstruyeran una parte de su vínculo con el ecosistema. Millones de personas entendieron que necesitan de los páramos para obtener el agua que consumen a diario. Entonces, se volvió un debate de interés nacional: miles de colombianos que no se consideran ambientalistas salieron a marchar por el páramo de Santurbán, por el de Pisba, por el de Sumapaz. ¡Boom mediático! El nexo entre páramos, agua y vida quedó más claro que nunca.

Pero el caso de los páramos es excepcional. Aunque me cueste aceptarlo, otros temas como el cambio climático, la pérdida de la diversidad biológica, la deforestación, la contaminación atmosférica, la acidificación del océano, siguen siendo temas de ambientalistas en el imaginario colectivo. Ahí es donde está la urgencia: tenemos que cambiar nuestro chip y el de las generaciones futuras para reconectarnos con la naturaleza antes de que sea demasiado tarde.  

No será fácil. Tendremos que enfrentarnos a obstáculos monstruosos por la misma esencia de las sociedades que construimos.  Hace un par de días, el diario inglés The Guardian publicó una encuesta con cifras alarmantes: dos terceras partes de los niños del Reino Unido pasan menos tiempo al aire libre en contacto con la naturaleza que los reclusos de una prisión. Esta triste realidad sucede con mayor frecuencia a lo largo del mundo. Y seguirá sucediendo a medida que el mundo se vuelva, como está proyectado, más tecnológico y más urbano. Entonces ¿cómo combatir los síntomas para atacar un problema mucho mayor?

Lo primero es borrar la división entre los ambientalistas y los que no lo son. No son grupos contrapuestos porque todos necesitamos del medioambiente para sobrevivir. ¡Eliminemos la etiqueta ambientalista y redefinamos su concepto! Tenemos que entender que el ambientalismo no se trata de una posición dogmática que se opone al desarrollo económico y enfrenta al hombre con el medioambiente. Ser ambientalista es entender que somos parte de un sistema ecológico y gracias a ello tenemos oportunidades y limitaciones. 

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