“Da igual. Como tú, tengo derecho a opinar diferente y no tenemos que coincidir”, me dijo alguien hace un tiempo defendiendo su opinión en contra de los derechos de la población LGTBI. Es cierto que todos podemos opinar sobre las situaciones, preguntas y elementos de nuestro contexto, y que podemos estar de acuerdo en que no estamos de acuerdo. Sabemos que tenemos derecho a hacerlo, y a que los demás lo respeten y nos respeten en ese ejercicio de interpretar lo que nos rodea. Justamente, en la pluralidad de cosmovisiones y puntos de vista encontramos una riqueza infinita para innovar, crear y encontrar soluciones que nos permiten avanzar como sociedad.

Sin embargo, la semana pasada tuvimos la desafortunada oportunidad de ver al presidente de Estados Unidos reaccionar ante los hechos de violencia que tuvieron lugar en una manifestación de discurso de odio, por parte de neo-nazis y supremacistas blancos, en Charlottesville, en el estado de Virginia. Los discursos de odio son aquellos que ejercen o incitan a la discriminación y/o la violencia contra personas por su condición de pertenecer a determinados grupos sociales o demográficos.

Hubo un revuelo mundial, con razón y afortunadamente, por la equiparación que hizo entre “ambos lados”: los grupos de supremacistas y quienes hacían parte de la contra-protesta a favor de la tolerancia. No solo equiparó un discurso de odio, que es un límite claro a la libertad de expresión, al discurso de tolerancia, sino que fue una opinión expresada públicamente por nada menos que el presidente de Estados Unidos. Tratándose de figuras públicas las opiniones deben ser mucho más cuidadosas e informadas.

Lo que pasó es relevante porque sus declaraciones son un ejemplo triste y peligroso de creer que al opinar se puede decir cualquier cosa. Me refiero en particular al contenido: porque no es igual pedir tolerancia para respetar la diferencia, que pedir tolerancia para quien quiere eliminarla y a quienes la representan. Lo segundo es inaceptable, tanto cuando lo hace un presidente, como cuando lo hacen funcionarios públicos, y cuando se hace en conversaciones privadas como la que recuerdo al inicio de esta columna. Tanto más grave en los primeros casos por la confluencia de factores que pueden aumentar el impacto, pero no menos grave ni aceptable en el último.

Porque la tolerancia por el respeto a la diferencia supone un reconocimiento del otro como sujeto de derechos y merecedor de respeto, condiciones fundamentales para construir sociedades inclusivas, resilientes, y justas. La discriminación por su parte hace lo contrario: niega al otro, su dignidad, sus derechos, y su cabida en la sociedad. La discriminación y los discursos de odio pueden terminar en la muerte de personas como vimos en Charlottesville, en la negación de derechos a las mujeres, en intentos de plebiscitos para negar derechos a poblaciones diversas, entre tantos otros.

Tenemos una responsabilidad inmensa al opinar, sobre todo cuando está en juego el otro. Nuestras opiniones dejan entrever la manera en que nosotros mismos hemos construido nuestra comprensión del mundo, nuestras prioridades y la forma en que nos relacionamos con el entorno. Pero además el lenguaje es poderoso, puede cambiar y construir realidades y puede vulnerar; y el impacto que tiene se corresponde con esa visión del mundo y del otro a partir de la cual se expresan las opiniones. Por eso, aunque paradójico, se necesitan límites a las opiniones excluyentes, para esas la tolerancia es perjudicial.

Así que respondo al comentario que recibí, y que escucho en tantas conversaciones similares, diciendo: no, no da igual. Y en este país que tiene tanto por sanar, tanto por construir, y de cara a las elecciones presidenciales de 2018, es urgente que seamos todos más responsables y compasivos con nuestras opiniones.

 

*Maria Laura Rojas es co-fundadora y co-directora de Transforma, organización creada para hacer realidad el desarrollo sostenible mediante investigación, consultoría, incidencia y litigio estratégico. Durante cuatro años representó a Colombia en las negociaciones multilaterales de cambio climático, ha sido la Coordinadora de Asuntos Ambientales del Ministerio de Relaciones Exteriores, y ha trabajado también en temas de derechos humanos e igualdad de género.

 

*Sobre Antropoceno:

El planeta tierra tiene aproximadamente 4.500 millones de años. De todas las eras geológicas que se han sucedido desde entonces, el holoceno, que inició hace 11.700 de años, garantizó las condiciones perfectas para que prosperara la especie humana. Esas condiciones, sin embargo, están cambiando drásticamente desde hace 60 años. En un parpadear estamos entrando en una nueva era geológica: el “Antropoceno”, la era en que la civilización humana tiene impactos de escala planetaria, modelando toda la geología de la tierra. En este espacio compartimos opiniones e ideas relacionadas con la vida en esta nueva era de impactos planetarios.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.