*Periodista de Semana Sostenible.

Este fin de semana asistimos a un nuevo episodio de indignación colectiva. Por decisión de la Corte Constitucional, las corridas de toros volvieron a Bogotá. Y con ellas, resucitó un masivo movimiento de antitaurinos que había permanecido oculto durante los cinco años en los que se mantuvo la prohibición de ese espectáculo en la ciudad.

La mayoría de sus integrantes, especialmente jóvenes urbanos, protagonizaron marchas y protestas en los alrededores de la plaza de la Santamaría. Otros, más cómodos, prefirieron consignar su desacuerdo en las redes sociales, impulsando etiquetas como #BogotaEsAntitaurina y #BogotaMejorSinToreo.

Al final de la jornada, la noticia fue el enfrentamiento entre algunos de los manifestantes y los agentes antidisturbios de la Policía. Pero no quiero referirme acá al hecho casi que inevitable de que cualquier protesta donde esté presente el ESMAD termine en violencia, pues a sus integrantes parecen prepararlos en las más avanzadas técnicas de sabotaje y provocación.

Me interesan más las contradicciones en las que incurren los antitaurinos. Esas que hacen que, en “defensa de la vida” y haciendo gala de su falsa superioridad moral, los llevan a creer que tienen el derecho de insultar y agredir a los amantes de la tauromaquia. O la que es aún peor: hacer escándalo contra el asesinato de los toros sin inmutarse cuando les sirven en sus platos un jugoso pernil de cerdo o una deliciosa costilla de res.

Si su principal argumento contra las corridas de toros es que les parece intolerable el sufrimiento al que los someten, ¿cómo creen que matan a las vacas, a los pollos y a los cerdos cuya carne les es imposible dejar de disfrutar (aunque muchos lo intenten)?, ¿acaso piensan que estos animales van gustosos al matadero y que los asesinan amorosamente mientras les cantan canciones de cuna?

Obviamente esto es una exageración. Todos los consumidores de carne, o al menos la inmensa mayoría de ellos, saben que los filetes y las presas que se comen todos los días son el resultado de un macabro proceso de explotación. El problema es que según ellos ese sufrimiento se justifica, mientras que el de los toros no.

Y ahí es donde está su doble moral, pues que la muerte de los animales comestibles sea "invisible" no la hace menos cruel. El argumento de que es distinto que un animal sea asesinado por diversión o para satisfacer una necesidad alimenticia, que no es natural sino creada culturalmente, palidece ante la constatación de que ambas situaciones producen un idéntico sufrimiento en sus víctimas. ¿O creen que una vaca o un toro prefieren morir en un matadero que en una plaza pública?

Por eso, no tiene sentido oponerse a un espectáculo elitista y decadente que se extinguirá irremediablemente por falta de público porque “maltrata a los toros y hace de ello un espectáculo”, mientras la base de la alimentación sigue siendo la muerte de otros animales. En este, como en todos los asuntos éticos, vale la pena que antes de indignarse y protestar, los antitaurinos carnívoros intenten tener un mínimo de coherencia. 

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