*Director de Conservación WWF Colombia

Entre los siglos XVI y XVII, Europa despertó al asombro de la naturaleza de las latitudes intertropicales en medio de la barbarie de los grandes viajes de exploración. El botín de ultramar depositado en los gabinetes de curiosidades remplazó los bestiarios medievales y proporcionó los elementos para la construcción occidental de una nueva visión del mundo: la de un planeta Tierra vasto y complejo, lleno de riquezas inexplotadas y de sorpresas infinitas.

Tales hallazgos desataron la avidez de las potencias de entonces y para satisfacerla, surgió el oficio de naturalista. En un principio, esta labor consistía simplemente en la recolección de novedades, pero muy pronto la catalogación de la diversidad de seres atesorados en las colecciones imperiales condujo a un universo de preguntas. Y en el proceso de responderlas, nacieron las ciencias naturales.

Paradójicamente, este cambio de enfoque hizo que la figura del naturalista se desdibujara poco a poco. A pesar de que el inventario de la diversidad biológica nunca ha culminado, el desarrollo paulatino de las disciplinas científicas hizo posible un entendimiento general de la composición y estructura de los grandes biomas y entonces el ejercicio de documentar los seres vivos que habitan las distintas regiones pasó a un segundo plano. Después de las expediciones coloniales de principios del siglo pasado, esta labor se redujo a proporciones ínfimas.

Como muchas otras decisiones apresuradas, el relegamiento de la tarea primaria de los naturalistas surgió de una lectura parcial de la realidad, pues no tomó en cuenta el hallazgo más importante de esa mezcla de exploradores, aventureros y descubridores de maravillas surgida durante el siglo de las luces. La biota es variable tanto en el tiempo como en el espacio y si queremos entender sus dinámicas es preciso rastrearla sin descanso.

Aún en un mundo globalizado, el naturalista de hoy debe continuar la tarea iniciada por sus antecesores. Los inventarios biológicos de antaño estuvieron sesgados hacia unos cuantos grupos de seres vivos – plantas con flores, escarabajos, mariposas, peces e invertebrados acuáticos y los llamados vertebrados superiores – e ignoraron en gran medida muchos otros, como la gran mayoría de invertebrados, líquenes, musgos, hepáticas y hongos. Aún en sitios permanentemente habitados hay todavía un amplio espacio para el descubrimiento.

Pero además de esta misión, el naturalista del Antropoceno enfrenta los retos propios de quien desembarca en un nuevo mundo. Por una parte, debe revisar y actualizar los inventarios existentes, pues su línea base de información corresponde a la composición y estructura de ecosistemas que en gran medida se han perdido, fragmentado o degradado. Desde la llegada del nuevo milenio, hemos sido advertidos del hecho incuestionable de la huella humana sobre más del 80% de la superficie emergida del planeta.

Al hacer el balance de pérdidas y ganancias resultantes de la contracción y expansión de las poblaciones a lo largo del tiempo, algunos ecólogos han concluido que estos cambios configuran comunidades ecológicas diferentes a las que les precedieron. Estos nuevos ensambles difieren en sus relaciones ecológicas y en su interacción con los atributos abióticos de sus hábitats, por lo cual se habla hoy de ecosistemas emergentes para distinguirlos de aquellos que conocimos hace apenas unas décadas. Y este fenómeno demanda la intervención de naturalistas capacitados para inventariar la composición y la estructura de estos ecosistemas recién nacidos y desentrañar sus funciones.

El cruce de varios umbrales de la sostenibilidad planetaria, identificado por científicos del Instituto de Estocolmo, plantea otra serie de retos adicionales al naturalista contemporáneo, especialmente en lo que respecta a los efectos de la reconfiguración del clima global. Vivimos en una época de alta inestabilidad de la composición local de especies, pues el cambio climático se traduce en la ampliación o el estrechamiento de sus límites potenciales de distribución. Dicho de otra forma, esto significa que estamos frente a un sinnúmero de desplazamientos forzados por el clima que es preciso constatar e interpretar.

Finalmente, dado que la crisis ambiental contemporánea es expresión de una sociedad divorciada de su entorno y por lo tanto ajena a los procesos responsables por el funcionamiento de los ecosistemas, es preciso establecer un nuevo contrato social para habitar sosteniblemente la era de los humanos. Para lograrlo, es preciso recuperar los vínculos cognitivos, emocionales y espirituales con el mundo natural: y esta es una tarea que nadie está mejor capacitado para desempeñarla que los nuevos naturalistas, herederos de la disciplina del asombro.


*Director de Conservación WWF Colombia

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