| 2012/10/04

Caso Arcadia

Muchos lectores tienden a creer que la independencia periodística atañe solo a los temas llamados “de nación”: la política, el conflicto, lo judicial. Se equivocan. Y mucho más en Colombia, un país que acarrea una pobrísima tradición en lo que respecta al cubrimiento periodístico de temas culturales.

Que no exista la mínima intervención ‘de arriba’ en los temas que cubre la revista, nunca, en los seis años que tiene de vida, es insólito y va en radical contravía de la tradición heredada
Que no exista la mínima intervención ‘de arriba’ en los temas que cubre la revista, nunca, en los seis años que tiene de vida, es insólito y va en radical contravía de la tradición heredada

Precisamente, un campo del periodismo que ha tenido una vergonzosamente baja, por no decir casi inexistente, dosis de independencia, es el cultural. Tradicionalmente, los temas de cultura son vistos por los dueños y los editores de los medios, consumidos por la endogámica fascinación que produce en el país el mediocre ajedrez político, como un tema tonto, de relleno.

Nadie piensa que el gran comentario histórico que forma nuestras ideas sobre el pasado proviene de las
artes. Que su relevancia para entender críticamente los climas políticos y económicos que viven las sociedades es crucial. El cubrimiento de temas de cultura, en Colombia, ha sido siempre el reino de los favores fáciles. De los favores fáciles a las señoras (y a algunos señores) que heroicamente (sí) se han entregado a producir hechos y contenidos culturales. Las mismas personas que producenhechos culturales desde un ámbito cercano al poder político de la capital se han resignado a tener que llamar a los dueños y directores de los medios a pedir esos favores.

Y en ese ir y venir de encuentros en reuniones, de llamadas y peticiones, se ha encapsulado gran parte del supuesto periodismo cultural. Por supuesto, eso ha producido un periodismo cultural completamente acrítico, frívolamente promocional. Es sorprendente, por decir lo menos, que en la experiencia de dirigir la revista cultural ARCADIA, estos casos jamás se hayan dado.

Casi diría que es una callada revolución. Que no exista la mínima intervención ‘de arriba’ en los temas que cubre la revista, nunca, en los seis años que tiene de vida, es insólito y va en radical contravía
de la tradición heredada. Es un respeto silente. No hay una palabra, una frase, una leve insinuación. Nada. ARCADIA escoge los temas que quiere cubrir según el criterio y los largos debates de un consejo que se reúne una vez al mes, cuyos miembros he invitado yo misma partiendo de criterios profesionales (su talento; su conocimiento de determinada forma de arte, bien sea el cine, la música, la literatura o la pintura, o su entusiasmo por las publicaciones culturales).

El criterio que guía los temas publicados tiene que ver con muchos factores: la pertinencia, el alcance, el equilibrio entre las distintas manifestaciones y eventos que se registran desde una mirada crítica, la agenda propia. Jamás he consultado con nadie el contenido de un editorial crítico, que incluso en algún caso podría haber interferido con procesos comerciales de la casa o afectar a personas
cercanas a la cúpula directiva.

Y jamás nadie me ha hecho un comentario recriminatorio a posteriori. Nunca. Los implacables lectores de temas culturales detectan eso que se suele llamar una ‘lagartada’ en menos de 20 segundos. ARCADIA jamás, en sus seis años de vida, ha recibido una carta de protesta o de acusación al respecto. ¡Y eso que algunos lectores en Colombia siempre son propensos a ver conspiraciones y censuras donde no las hay! Ni siquiera yo, hasta la escritura de este artículo, me había dado cuenta de ello. Simplemente es así. Así se trabaja. Y, la verdad sea dicha, me enorgullece trabajar en una casa editorial así.                                                             

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